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El motivo de mi ausencia

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Mucho se ha especulado sobre mi prolongada ausencia durante los últimos meses. De boca de Federico, supe que algunos hablaron de que decidí tomarme un año sabático, otros de que me emancipé de mi inseparable amigo, y hasta de que me perdí en los abismos del alcoholismo.

Ni lo uno ni lo otro, las razones de mi alejamiento, temporal, de las letras, tienen que ver con una estricta vagancia. Pero que se entienda que esa vagancia fue puramente literaria, ya que jamás renuncié (ni renunciaré) a una vida en movimiento. Y mi vida en los últimos meses fue tan movida, que ni siquiera pude detenerme a contar parte de ella.

La última vez que me senté a escribir lo hice desde un barco en el hemisferio norte, cuando me encontré con mis pares, los osos polares. Sin duda ese momento fue uno de los más significativos dentro de mi viajes por el Ártico. Aún así, no fue lo único que hizo memorable mi deambular por esas latitudes. Hubieron noches de auroras boreales, visitas a comunidades Inuit en el oeste de Groenlandia y en el norte de Canadá, hubo hielo marino, hubieron morsas, hubieron aves que no conocía, hubieron caminatas por lugares históricos increíbles, relacionados con viajes vikingos.

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Después de tres meses de acompañar a Federico en sus aventuras árticas, nos tomamos un merecido descanso de dos semanas en Canadá, durante el cual disfrutamos de un road trip desde Toronto hasta la provincia de Nova Scotia, en la costa este, donde visitamos amigos.

También tuve la suerte de conocer, al fin, la ciudad de Nueva York. Tanto Federico como yo coincidimos en que es, junto con París y Buenos Aires, una de nuestras ciudades favoritas. Caminamos por la Quinta Avenida, fatigamos la noche cerca de Times Square y hasta bailamos tango en el Central Park. Estar en Nueva York fue como estar en un set de filmación, todo el tiempo.

De vuelta en Argentina, infaltable, amamos Buenos Aires en primavera. El reencuentro con amigos, el tango, la pizza de Las Cuartetas, los bosques de Palermo y el Museo de Bellas Artes. Estar en casa siempre se siente bien, sobre todo después de tanto viaje.

Cuando me quise acordar, ya había terminado el 2015 y me encontraba, como todos los fines de año, navegando en el océano Austral, disfrutando de los milagros de la Antártida. De un tiempo a esta parte, en lo que va de la temporada ya hemos encontrado, no sin gran alegría, a los sospechosos de siempre: ballenas, pingüinos (incluso un emperador, el primero que nuestros ojos vieron), albatros errantes, focas de distintas especies. Hoy una pasajera me preguntó, cuando navegábamos entre témpanos a la deriva, si alguna vez me cansaba de esto. Le dije que estaba acostumbrado, pero jamás cansado. Que lo sigo eligiendo, día a día, singladura a singladura.

Acampé varias veces en una isla de nombre Rongé, denominada así por un explorador Belga llamado Adrien de Gerlache, en honor a quien fuera quizá el mayor sponsor de su expedición, Madame Rongé.

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El tiempo vuela, y no puedo creer que mis últimas noticias datan del último invierno y de otro hemisferio.

Acepten ustedes, mis lectores, mis humildes disculpas por el prolongado silencio. Pero sepan que me encuentro bien, vivito y coleando, disfrutando a pleno de estos días de mar y de hielo, en latitudes cercanas al círculo polar. A veces las regiones polares tienen esa capacidad de paralizar el tiempo y de aislarlo a uno de todo lo demás. Sin embargo, de ahora en más trataré de que mis encuentros con la pluma sean más frecuentes. Así podrán seguir, desde el sillón de su casa, algunas de mis aventuras por estos parajes helados.

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Bravo Zulu

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Hace algunas semanas, un enviado especial de la Editorial Südpol (que también es colaborador y un buen amigo) zarpaba en su velero Patán, junto a egresados de la escuela de Pilotos de Yate, para realizar una placentera navegación costera, estimada en unas 20 millas náuticas, desde el puerto de origen hasta el de Buenos Aires (ida y vuelta). El objetivo principal de esta jornada era saludar, y posteriormente despedir, al velero insignia de la Prefectura Naval Argentina: el motovelero oceanográfico Bernardo Houssay, que pronto se haría a la mar con destino a las frías aguas del océano Austral. El comienzo de su campaña antártica era inminente.

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Auroras boreales una noche cualquiera en Groenlandia

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Eran las dos de la mañana en algún lugar de la costa oeste de Groenlandia cuando sonó el teléfono en mi cabina. Por supuesto que yo estaba dormido cuando eso sucedió, con lo cual me costó reaccionar tanto al insistente sonido del teléfono, como a la dulce voz de la doctora de a bordo, Tatiana, quien me alentaba a levantarme, que afuera había «Northern Lights». Jamás había visto las auroras boreales, por lo cual mis niveles de excitación disiparon, en seguida, aquel letargo propio de quien recién se despierta.

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Acerca de por qué sigo eligiendo la Antártida

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A veces me pregunto qué cambió desde la primera vez que vine. Desde aquel primer viaje en un velero holandés de tres mástiles, en el que me bajé en la isla Cuverville en zapatillas, y a pesar de la nieve en los pies, corrí hasta la cima de la colina para ver mejor el paisaje. ¿Qué es diferente de aquel Federico de veinticinco años con este otro, el de hoy, de treinta cinco, con más de treinta viajes a la Antártida encima?[Read more]

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Italiano, oso polar

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Ni osos negros, ni pardos, ni pandas, ni polares. Hasta hoy, nunca había visto ninguno, y eso que yo soy oso también. Reconozco que estoy hecho de peluche, pero aún así, debería conocer para esta altura del partido (treinta y un años al día de hoy) a alguno de mis pares, cualquiera sea la especie. Por eso, cuando hace uno meses Fede me invitó a acompañarlo a trabajar embarcado durante la temporada en el Ártico, no lo dudé un segundo.

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La milonga del Bedford

Address The Bedford, Bedford Hill, Balham, SW12 9HD. Folk Festival.

Como he escrito o dicho alguna vez, bailar tango es algo que me pierde, que me abstrae completamente de todo lo demás, de lo bueno y de lo malo. Se puede decir que soy un hombre afortunado: me he dado el lujo de bailarlo en diferentes lugares. En su epicentro, Argentina por supuesto, en Uruguay, Francia, Alemania, Inglaterra, e incluso en la Antártida.

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