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Acerca de por qué sigo eligiendo la Antártida

Travis-5649

A veces me pregunto qué cambió desde la primera vez que vine. Desde aquel primer viaje en un velero holandés de tres mástiles, en el que me bajé en la isla Cuverville en zapatillas, y a pesar de la nieve en los pies, corrí hasta la cima de la colina para ver mejor el paisaje. ¿Qué es diferente de aquel Federico de veinticinco años con este otro, el de hoy, de treinta cinco, con más de treinta viajes a la Antártida encima?

La capacidad de asombro, como es de esperar, ha disminuido. Ese entusiasmo ante la novedad se ha erosionado con el paso del tiempo. Cada vez cada lugar me resulta más familiar, cada sitio de desembarco deja de ser una incógnita y en cambio se convierte en una suerte de patio de mi casa. Tarde o temprano, cualquier profesión o actividad es domada por los jinetes de la rutina.

No obstante, sigo eligiendo la Antártida como medio de vida. O como forma de vida. Tal vez porque después de esto me costaría trabajar en una oficina, de 9 a 18, en una ciudad bulliciosa. Seguramente porque extrañaría los pingüinos poblando las costas, la blancura inagotable del continente, los témpanos como castillos flotando a la deriva. Y también el océano Austral, furioso y gris por momentos, como ahora, mientras escribo esto, pero apacible otras veces, de un azul infinito.

Mi mirada ante todos estos milagros que me rodean ha cambiado. De alguna manera se ha robustecido, pero bajo ningún concepto ha perdido la sensibilidad. El viento helado en la cara, mientras conduzco los zodiacs o mientras camino en la costa, me recuerda todo el tiempo por qué estoy aquí. Porque en la Antártida el aire puro huele a libertad. Porque a pesar de que la capacidad de asombro no sea la misma que cuando empecé con esto, aún no ha desaparecido, y sospecho que jamás desaparecerá. Con cada viaje ganado conozco la Antártida con mayor profundidad, pero a su vez me doy cuenta de que cada vez me falta más por conocer. La necesidad de explorar más me mantiene en vilo, lo que hace que el trabajo deje de ser trabajo y en cambio se convierta en una pasión. Al fin de cuentas, creo que esto último es lo que me mueve a seguir viajando por latitudes antárticas, y a seguir viajando en general. Esa necesidad imperiosa de recorrer nuevas geografías, rincones que aún no he descubierto, me dan el impulso final para continuar. La sed y el hambre de más hacen que siga en movimiento, y tal vez no exista, en este mundo, motivación más fuerte que esa.

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