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Bravo Zulu

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Hace algunas semanas, un enviado especial de la Editorial Südpol (que también es colaborador y un buen amigo) zarpaba en su velero Patán, junto a egresados de la escuela de Pilotos de Yate, para realizar una placentera navegación costera, estimada en unas 20 millas náuticas, desde el puerto de origen hasta el de Buenos Aires (ida y vuelta). El objetivo principal de esta jornada era saludar, y posteriormente despedir, al velero insignia de la Prefectura Naval Argentina: el motovelero oceanográfico Bernardo Houssay, que pronto se haría a la mar con destino a las frías aguas del océano Austral. El comienzo de su campaña antártica era inminente.

La hermandad de la vela, ese vínculo tácito entre navegantes, había motivado a la tripulación a convocarse en torno al icónico barco para darle buenos augurios antes de su zarpada, algo por demás habitual en las llegadas y salidas de casi todos los grandes veleros (como también sucede por ejemplo con nuestra Fragata Libertad). Pero además, como símbolo de amistad y camaradería, el Patán también tenía segundas intenciones, es decir, algo así como una misión secreta. La idea era aprovechar el encuentro para hacer entrega de un presente conmemorativo cuyo destino era la biblioteca del barco, para el disfrute de sus tripulantes de hoy y mañana: una selección de títulos de la Editorial Südpol.

Para quienes representamos a la mencionada editorial, gente de letras y de viajes a la vez, resultaría un honor que nuestros libros se acomodaran, para siempre, entre los anaqueles de la biblioteca del Houssay. ¿Qué mejor marco que los canales fueguinos, el Pasaje de Drake o las altas latitudes del sur para releer bitácoras de Shackleton o Shipton, y de exploraciones antárticas? El plan estaba decidido, los materiales estaban listos, la hora estaba fijada, pero como suele suceder en el mar (y en el río también, dicho sea de paso), es la madre naturaleza —y también el azar— quien termina teniendo la última palabra. Algo que todo marino que se precie como tal sabe reconocer y respetar.

Resultó ser que ciertas condiciones extraordinarias en el Río de la Plata, y no por extraordinarias extremas, junto a otras un tanto fortuitas, complotaron para que el encuentro no pudiera realizarse. Hubo una típica bajante de verano, muy pronunciada, que impidió que se respetaran las pleamares y las bajamares, sumando además un intenso viento norte que no hizo más que acrecentar la situación. Sin embargo, el Patán fue el único velero que llegó por agua hasta la dársena en la que se encontraría el Houssay, pero nunca pudo acercarse a él debido a que su motor se negó sistemáticamente a funcionar (está prohibido navegar a vela dentro del Puerto de Buenos Aires, no por la imposibilidad, sino por estrictos motivos de seguridad de la navegación y el movimiento de gigantescos buques cargueros y de alta velocidad).

Con algo de pena en el alma, pero con la tranquilidad de haber hecho todo lo posible para lograrlo, los eximios navegantes debieron emprender la retirada, silenciosos y con la cabeza gacha. «Una lástima, un cúmulo de buenas intenciones que quedaron solo en eso», pensaron los tripulantes mientras se esforzaban borde a borde para ganarle a una bajamar que ya era extremadamente pronunciada, y que podría obligarlos a pasar gran parte de la noche en vela hasta que el agua les permitiera poder volver al club. Sin embargo, y sin saberlo, esta historia aún no estaba terminada, y daría espacio a una pequeña revancha en forma de una increíble casualidad (cosas también muy habituales en la náutica, donde todos se conocen y se cruzan en algún momento, tarde o temprano, en las buenas o en las malas). Dentro del itinerario del Houssay, y luego de una serie de escalas, el motovelero tendría por destino el Puerto de Ushuaia, apenas como una recalada intermedia antes de emprender el cruce por el Drake hacia el continente blanco, y eso dejaba una mínima chance para cumplir el objetivo.

Mi vida durante el verano austral es un tanto itinerante, ya que trabajo embarcado en un buque que, casualmente, también navega en aguas antárticas constantemente. Solo vuelvo a Ushuaia cada diez días, con suerte, y apenas me quedo en la ciudad unas pocas horas. Por esto, las chances de encontrar al Houssay en alguna de mis recaladas eran realmente pocas, casi tan remotas como acertar un pleno en la ruleta (mientras escribo esto me encuentro navegando en aguas antárticas). Pero también sucede, que hay algunas pocas oportunidades en las que el universo se ordena para que todo funcione como uno lo desea, y así fue exactamente lo que sucedió la última vez que «mi» barco, el Ocean Diamond, amarró en el puerto de Ushuaia. Al llegar a puerto, instantáneamente mis ojos se encontraron frente a frente con dos distintivos mástiles, color naranja, y un velero bastante más grande que los que habitualmente surcan esas latitudes. ¡Era el Bernardo Houssay! Una alegría inmensa me invadió, pues sabía que, esta vez, solo de mí dependería acercarme al velero y cerrar la cuenta pendiente.

Tenía algunas horas en tierra, de modo que fui a mi casa, mezcla de hogar con depósito de libros (y sede principal del cuartel general de Südpol). Después de relajarme un rato en el confort de mi universo conocido, rodeado de libros y de recuerdos, seleccioné una parte significativa de mi catálogo editorial, y nuevamente me dirigí hacia el puerto. Esta vez no hubo problema alguno en acceder al barco, y tanto su capitán como la tripulación me recibieron con gran calidez. Se mostraron muy agradecidos de esta humilde contribución para la biblioteca, y todos quisieron saber más acerca de la temática de cada libro. Café de por medio, también les referí la historia del Patán (y su capitán) en aquella visita frustrada por un capricho meteorológico.

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Mientras ellos me contaban que pronto zarparían con rumbo a las islas Shetlands del Sur, hacia la base argentina Carlini, yo les hablaba del hemisferio opuesto, de mis pasadas aventuras en el Ártico, durante el verano boreal. Todos querían saber más acerca de Groenlandia, Svalbard y el Norte de Canadá, sitios en los que había navegado entre los meses de junio y septiembre. Realmente me hubiese gustado mucho poder quedarme más tiempo conversando con los tripulantes, pero lamentablemente ya era hora de volver al Ocean Diamond para recibir a los pasajeros en nuestra propia zarpada.  Antes de partir, tuve el agrado de recibir varios regalos conmemorativos identificados con el barco, y luego nos tomamos una foto con el Capitán en la proa del buque. Me despedí de todos, prometiendo visitarlos una vez en Buenos Aires, al término de mi temporada Antártica. Como dije antes, la historia dio lugar a una revancha, razón por la cual, el día de hoy, puedo decir con mucho orgullo que parte de la colección de la Editorial Südpol navega en los mismos mares que el velero oceanográfico Bernardo Houssay.  Bravo Zulu! (*)

(*) “Bravo Zulu” responde a la nomenclatura naval de las letras “B” y “Z” y significa: ¡BIEN HECHO!

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