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Cómo hacer para pasarla bien una tarde cualquiera en la Antártida

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A veces no hace falta mucho para pasarla bien estando en la Antártida, pero también es cierto que cuando uno pasa mucho tiempo en las heladas latitudes más allá del paralelo 60 (límite político del continente blanco), a veces es necesario buscar –y encontrar— caminos alternativos para esquivar la rutina que genera cualquier trabajo, más allá de que este sea pasear entre pingüinos, ballenas y témpanos azules.

Ya no recuerdo cuándo fue, aunque tampoco hace falta ser preciso en materia de fechas. Fue una tarde cualquiera del verano austral, en el horario de la cena. Esa noche, o día más bien, decidí obviar la inevitable ingesta alimenticia y escaparme a la cubierta posterior del barco. Mientras los pasajeros se concentraban en el salón comedor del barco yo reinaba, en absoluta soledad, en un cómodo sillón en la popa del barco. El sol aún estaba bien arriba, no había ni una sola nube en el cielo azul, y el viento se había declarado en tregua. Busqué mi reproductor musical y entre el variado repertorio me decidí por Louis Armstrong y Duke Ellington. Cuando «Mood indigo» comenzó a sonar, abrí un libro («Operation Tabarin») en la página que lo había dejado la última vez, y luego me dejé llevar por la lectura. Por momentos, las montañas nevadas y los témpanos enormes, flotando a la deriva, me alejaban de las páginas del libro. Otras veces, la trompeta, el piano, y la inconfundible voz de Armstrong me obligaban a cerrar a los ojos y olvidarme del paisaje. En ese instante de no saber si leer, perderme en el paisaje o dejar mi mente en blanco para refugiarme en la música, encontré, sin quererlo, la receta perfecta para pasarla de maravilla y olvidarme de todo, para darme cuenta, para acordarme más bien, por qué elegí trabajar en un barco, navegando las costas del continente más frío del planeta. A veces uno puede ser feliz con muy poco: un buen libro, una canción y un día soleado.

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