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¿Conocés la Base Marambio?

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Si por alguna razón se me ocurriese confeccionar una estadística relacionada con las preguntas que los argentinos me hacen cuando les cuento que trabajo los veranos en el continente Antártico, sin lugar a dudas diría que la más común de todas, y la primera en formularse por cierto, es aquella que da el nombre al presente texto: ¿conocés la base Marambio?

—No, no la conozco.

A partir de esta inquietud tan frecuente, con la que me he ido encontrando en los últimos años, descubrí que el imaginario popular argentino relaciona la Antártida (un continente de 14 millones de kilómetros cuadrados), casi exclusivamente, con esa base fundada en 1969. Que uno les hable de otras bases, también argentinas, como Carlini, Brown, Decepción; que uno mencione los pingüinos, las focas, las ballenas; que uno trate, en vano, de describir las tonalidades de azules de los témpanos, o lo escarpado de las montañas, no tiene sentido. Nada de eso podrá desviar el foco de la mayoría de los argentinos. Ni el consiguiente retruque de estos frente a mi primera negativa: ¿Pero no conocés Marambio? Cuando vuelven a formular la pregunta, se nota en sus ojos como una impaciencia, como unas ganas de agregar un ¿seguro que no?, como si acaso fuese inconcebible estar en Antártida sin estar en esa base, como si Marambio fuese una suerte de Aleph antártico, a través del cual se puede ver, y entender, la realidad entera del continente blanco.

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¡Que no, que no conozco la base Marambio, y no creo que la vaya a conocer! Me da ganas de gritarlo, a viva voz, tal cual lo escribo, con los signos de admiración incluidos. Sin embargo, nunca lo hago. En cambio respondo amablemente, por segunda vez, que nunca he ido, y entonces comienzo a enumerar las razones por las cuales jamás he llegado a esa base ubicada en la isla Seymour (o isla Marambio para la toponimia argentina). Primero que nada, aclaro que no soy ni científico ni militar de la fuerza áerea, razones que descartarían, casi de cuajo, mi presencia, esporádica o permanente, en esa base científica tan apegada a la fuerza de la aviación, a esa imagen de los Hércules, esos bueyes del aire, aterrizando rechonchamente sobre una pista de hielo y ripio.

Segundo, les cuento a los interesados que casi ningún itinerario de los barcos de expedición hacia la Antártida —barcos en los cuales me desempeño como guía y conductor náutico—, incluye el Mar de Weddell, que es el cuerpo de agua al este de la Península Antártica, mar donde se sitúa la base en cuestión. Con este segundo y último argumento termino de derribar, al menos para el interesado de turno, una asociación argentina tan fuerte como esas cadenas de eslabones gordos que custodian monumentos de renombre. Y luego prosigo con mi explicación sobre los viajes que me llevan, felizmente una y otra vez, a ese reducto de vida animal, a ese espacio donde impera un silencio tan fuerte que a veces duele, a ese reino de castillos de hielo con torres almenadas, gobernado por las aves, las focas y las ballenas, a ese único continente en el planeta donde no existen los pueblos originarios, a ese que mantuvo su velo por siglos y siglos de exploración, hasta que un mercader, esquivando vientos y borrascas, vio las islas que anteceden al continente, las Shetlands del Sur.

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A todas estas maravillas, y a otras también, me refiero cuando trato de explicar las razones por las que viajo año a año, al igual que miles de pasajeros, al continente más frío del planeta.

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