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«Bagging Munros» en Escocia

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Antes de conocer Escocia, pensaba en lo siguiente: William Wallace, whisky, faldas para hombres (no sabía que se llamaban kilts), en Willy de los Simpsons y en el monstruo del lago Ness. Pero cuando estuve allá, hace pocos meses, descubrí que había mucho más que eso. Había una comida hecha de achuras de cordero llamada «haggis», había bailes llamados «ceilidhs» (alguien prometió llevarme a uno algún día) y había «Munros».

Se usa el nombre de Munro para identificar a las montañas mayores a una altura de 3000 pies, o sea, 914,5 metros. Se los conoce de esa manera en honor a Sir Hugh Munro, quien produjo una lista de esos montes en 1891, a la que denominó Munro´s Tables (Tablas de Munro), que luego publicó en el Scottish Mountaineering Club. En el año 2012, esa misma institución contabilizó 282 Munros.

Me encontré con que había todo un mundo alrededor de esas montañas. Hay libros y guías acerca de ellas, hay mapas específicos sobre su localización y acceso y, lo más interesante, hay caminantes que se dedican al «Munro Bagging», algo así como coleccionar o recolectar Munros. No es una locura de hoy tratar de acumular la mayor cantidad de munros ascendidos: el primer hombre en completar todos fue el reverendo A. E. Robertson, en 1901, hace ya más de cien años. Aquel que complete todos los Munros, se ganará el derecho de decir que es un «munroist». Por difícil que parezca creerlo, hay muchas personas que han logrado esa meta: ya hay registrados cerca de dos mil.

Caminar es una de las actividades que más disfruto, de modo que cuando Mae, una amiga que me alojaría durante mi estadía en Escocia, me dijo que subiríamos unos cuantos, me produjo una fuerte alegría. Mae se había tomado una semana de vacaciones para llevarme a conocer su tierra a mí y a otro amigo suyo de nombre Andrew, canadiense, que también estaba de visita. El primer Munro que ascenderíamos estaba en la isla de Skye, a unas cuantas horas de ruta desde Stirling, el lugar de residencia de nuestra anfitriona. Mientras avanzábamos en su auto hacia nuestro destino, me di cuenta de que el paisaje natural de Escocia me llevaba a pensar en otro que me era muy familiar: el de la Tierra del Fuego. Era un viaje dentro de otro viaje. Tanto en un lugar como en el otro, conviven montañas, turbales, islas, y bosques. Y además comparten un rasgo bien distintivo y no necesariamente agradable: un clima frío, gris, ventoso y lluvioso, donde el sol es un bien escaso. Me sentí como en casa, no lo voy a negar.

Nos detuvimos a tomar fotografías en Glencoe, quizá uno de los lugares más famosos, con justa razón, de todas las highlands (tierras altas) escocesas. Este escenario ha sido utilizado en numerosas películas, una de las más recientes fue Skyfall, de la saga de James Bond.

A medida que dejábamos los kilómetros atrás, Mae me instruía, siempre con una sonrisa, sobre lo que veíamos: «un glen, en Escocia, significa valle. Generalmente son de origen glaciario, en forma de ‘u’, alargados y profundos. Coe es el nombre del río que corre por el valle».

Hicimos otro alto para fotografiar un castillo que ya había visto en cientos de fotografías, el Eliean Donan. Es una sensación inigualable la de poder detenerse y ver, a metros de distancia, algo que uno vio en una imagen o leyó en un libro. A veces uno se decepciona, otras veces todo lo contrario. Es una de esas cosas que amo de viajar, el poder trasladar una idea, una representación, a un plano verdadero y palpable.

No estuvimos mucho tiempo afuera, el clima lluvioso nos invitaba a continuar nuestro camino. Cada tanto, al costado de la ruta, aparecían casas. Sencillas pero robustas, construidas para soportar un clima inclemente sin que se les mueva un pelo. Pero si hay algo que se ganó mi admiración de inmediato, sin duda fueron los «dry stone walls», muros de construcción en seco. No llevan ningún tipo de argamasa que ligue las piedras entre sí, es una técnica artesanal que requiere de una gran destreza, y me atrevo a decir de paciencia, ya que hay que buscar que las piedras coincidan para darle una estructura fuerte, y estética, a la pared. Los terratenientes han usado los muros, y siguen haciéndolo, para delimitar sus dominios. Realmente da gusto observarlos en su prolija sucesión, adecuándose a la geografía del lugar, subiendo o bajando, abriéndose o cerrándose. Mae me contó que hay gente que se especializa en arreglarlos y que es un trabajo muy bien remunerado.

Pasamos nuestra primera noche en un «bothy», palabra con la que en Escocia se conocen los refugios en lugares agrestes. Siempre están abiertos y uno puede usarlos gratuitamente. Más que refugio, el de esa noche era una casa. Sólida, con ventanas, vacía, silenciosa, y con vista al mar. No podíamos pedir algo mejor.

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Al día siguiente ascendimos el primer Munro del viaje, el «Bla Bheinn». Muchos de los nombres de los Munros están en gaélico, y son realmente impronunciables: Bheinn Mhòr, Cruach Àrdrain, Bheinn Mheadhain.

No fue difícil, al menos no técnicamente, llegar a la cima del Bla Bheinn. Cuando alcanzamos el punto más alto, recuperamos un poco el aliento y admiramos las vistas. No había viento, el cielo azul con pocas nubes, brillaba el sol. En Escocia, poder decir todo eso al mismo tiempo, es un privilegio que se da muy esporádicamente. Suerte de principiantes tal vez.

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Hacia un lado se extendía el mar, moteado de islas. El mar azul, tranquilo, en reposo. Alrededor nuestro, más montañas, con sus laderas cubiertas de pastos verdes. También observamos lagunas y finalmente el llamado «Cullin Ridge», una sucesión de Munros que se pueden encadenar caminando por un filo. Según lo que nos contaba Mae, uno tardaría unos dos días en hacerlo, o solo uno estando en muy buen estado físico. Pero esa travesía sería más difícil; había partes que el filo era muy angosto, y las laderas muy escarpadas, u otras en que había que trepar y destrepar rocas en secciones muy expuestas. A la distancia, se lo veía muy tentador. Quedaría pendiente para otro viaje.

Esa primera semana en Escocia no solo nos dedicamos a recolectar Munros.

Todavía en la isla de Skye, una noche acampamos en Talisker bay (cerca de ahí está la destilería donde se produce el famoso Whisky Talisker). Armamos la carpa frente al mar, muy cerca de un río, sobre una terraza de pasto verde en la que muy cerca, detrás de un alambrado, había numerosas ovejas. No muy lejos, encontré leña que el mar, las mareas y el río habían ido depositando sobre las piedras de la orilla, de modo que me empeñé en hacer un buen fuego. Me costó lograrlo (en un momento cayó una lluvia repentina), pero luego de un tiempo y de una buena dosis de humo en la cara, conseguí que las ramas ardiesen. Hay algo que me gusta mucho de Escocia y que en pocos países europeos existe: el derecho de acampar libremente en cualquier lado, y la posibilidad de hacer fuego. Saber eso me alegró el alma, pues estoy acostumbrado a las soledades patagónicas, donde las únicas reglas son las impuestas por la naturaleza. Mientras uno sea respetuoso con ella, no hay ningún problema. Un verdadero campamento exige, al menos en mis estándares, que sea en un lugar agreste, y que uno pueda encender una fogata.

Después de que terminamos de cenar, vimos un pequeño velero que amarraba en uno de los extremos de la bahía. Uno de sus dos tripulantes comenzó a caminar por la playa hasta la desembocadura del río. Cuando lo cruzó, se fue acercando hacia nosotros. Al llegar, se presentó muy educadamente, nos estrechó la mano y luego sacó una botella del bolsillo de su abrigo. Era un whisky, single malt por supuesto (hecho de una única destilería), fiel al estilo escocés. Nos convidó con un vaso a cada uno, brindamos y conversamos un poco, y luego se fue.

Al atardecer, mientras el cielo se teñía de rojo, Mae me dijo que el día siguiente sería bueno para los marineros, ya que de acuerdo a un dicho popular: «red sky at night, sailors delight» (cielo rojo por la noche, delicia de los marineros).

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Otro día, arrastrados por las preferencias acuáticas de Mae, caminamos a lo largo del río Brittle, donde se forman unos piletones conocidos como las «fairy pools». Allí nadamos en aguas tan heladas como aquellas del oceáno Austral, en la Antártida, donde por una locura análoga a esta que cuento aquí, me he zambullido alguna que otra vez.

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También viajamos hacia otros espacios más alejados, como las islas Hébridas Exteriores. Navegamos en un ferry hasta la isla Lewis y Harris (es una sola isla, la parte norte se la conoce como Lewis, la del sur como Harris), donde me encontré con una geografía sin árboles y afloramientos rocosos por todos lados. El escenario me recordó, en alguna medida, al de las islas Malvinas, en el Atlántico Sur. Visitamos unas piedras prehistóricas, parecidas a los menhires de Stonehedge pero más viejas y más flacas, llamadas las «Piedras Calanish».

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Pernoctamos en un camping donde las duchas estaban en una casa de labriegos, una estructura de aproximadamente doscientos años de antigüedad, según nos dijera —casi al pasar— el dueño del establecimiento. En Europa, hablar de doscientos años atrás, es como hablar del día de ayer.

En una playa de arena blanca de la parte sur —tan bella que una vez la utilizaron para promocionar una playa del Caribe— donde soplaba el viento con fuerza, Mae remontó un barrilete. Pero no esos que yo remontaba de chico, amateurs, con dos palitos cruzados y un papel o tela débil. El de Mae era una vela, como un parapente en miniatura, con dos comandos, y se lo podía hacer girar hacia un lado y hacia el otro, y usar la fuerza del viento para dibujar figuras en el aire. Yo también lo hice un buen rato, y debo decir que es una actividad que vale la pena volver a hacer. No es solo cosa de chicos.

Más adelante retomamos nuestra misión de recolectores de Munros.

Nuestro siguiente objetivo era el «Five Sisters of Kintail», una serie de cinco Munros conectados por un filo o ridge. Para llegar a cada uno de ellos, uno tiene que bajar y volver a subir incontables veces. Comenzamos desde el segundo de ellos, y sin duda valió la pena el esfuerzo. Más allá de la imponente recompensa visual que uno obtiene desde las cumbres, desde donde se domina un paisaje de valles y lochs (lagos), cuando terminamos habíamos incrementado exponencialmente nuestra colección de Munros: cuatro más en un día. Para celebrar, fuimos a tomar unas pintas al «Clachaig Inn», en Glencoe, quizá uno de los pubs más famosos de todo Escocia. En ese país, es una costumbre bien típica entre los caminantes o montañistas, ir a tomar algo al pub después de un día de caminata. En realidad, es una costumbre bien típica ir al pub. Esa es la esencia de la oración, el resto es un mero accesorio. Pero debo extender esto a todo el Reino Unido. Lo positivo es que los pubs nunca faltan: uno puede ir a un pueblo pequeño y sin embargo encontrarse con dos o tres.

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Esa noche nos encontramos con otro amigo de Mae, Eric, que había venido a nuestro encuentro pues al día siguiente ascenderíamos otro filo, el último antes de regresar a Stirling.

El Aonach Eagach fue, entre todo lo que hicimos, lo más difícil. No exageramente difícil, pero hay partes en las que uno tiene que recurrir a escaladas o destrepes que, si bien son de un grado fácil, requieren una mínima experiencia. Sin duda es el más bello de todos los que transitamos. El filo en sí por momentos es bastante angosto. Hacia ambos lados, el precipicio es abrupto y bajar sería imposible, por lo que una vez que uno empieza, uno está obligado a terminar. Esto puede ser complicado con factores climáticos adversos, como lluvia, viento o nieve (lo cual es bastante común por esas latitudes) pero nosotros fuimos afortunados al gozar del mejor clima de toda la semana.

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Nos llevó unas seis horas completarlo, y al final habíamos sumado dos Munros más a nuestro haber, los últimos de toda mi estadía en Escocia.

Me sorprendió encontrar postes de hierro clavados a lo largo del filo. Según me contaran Mae y Eric, en tiempos pasados los habían colocado para marcar con exactitud los dominios de los terratenientes.

Descendimos por una ladera de pastos verdes y flores, admirando un Loch enorme que se extendía hacia el horizonte, rodeado de montañas.

La travesía por el Aonach Eagach marcó el fin una intensa semana en Escocia. Me quedaría con las ganas de conocer otras latitudes más remotas de ese país, como las islas Shetlands y las islas Orcadas por ejemplo. Pero dejar cosas pendientes para otro viaje, también forma parte de un viaje.

Revisitar espacios ya conocidos también es parte de lo mismo, al igual que un libro ofrece múltiples relecturas. Por eso, valdría la pena volver a Escocia.

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