Article
0 comment

El caminante

 

En la costa del Canal Beagle

Mirando años hacia atrás, creo encontrar el origen de mi naturaleza de caminante en una playa desolada —en ese entonces para mí era desierta— de la costa atlántica. Era en Santa Clara del Mar, y yo no tenía más de doce años.

Recuerdo que mis padres alquilaban una carpa en el último de los balnearios, y desde allí caminé junto a un amigo hacia el lado virgen, por decirlo de alguna manera, más allá del límite habitado. Caminamos por horas a orillas del mar, acompañados de su ir y venir espumoso, custodiados por altos acantilados. Íbamos buscando caracoles, conversando, mirando la línea del horizonte, infinita. Inconscientemente, creo que ahí me di cuenta de que caminar era no solo un medio, sino también un fin en sí mismo, una forma de avanzar más allá de la obviedad física, una manera de viajar hacia dentro, con la mente, hacia otros mundos. Aquella fue una caminata iniciática, pero aún era muy joven para saberlo bien, y no entendí lo que significaba hasta que pasaron algunos años más.

El lugar que sin duda moldeó para siempre mi espíritu caminante, fue la Tierra del Fuego. En esa isla me enamoré de las montañas y de los bosques, conquisté cumbres, dormí a la intemperie, iluminé parte de la noche con fuegos, me perdí en la naturaleza y en el silencio por días. Una

Camino hacia bahía Sloggett

verdadera travesía en esas tierras me mostró el poder no solo de mi cuerpo, sino de la mente. Junto a dos amigos, caminamos hacia el extremo sudoriental de la isla —Península Mitre— durante treinta seis días, cargando una pesada mochila en la espalda, a lo largo de más de quinientos kilómetros de costas desoladas y salvajes. Durante esas jornadas de marcha interminable, en las que viví horas y horas de intensa introspección, logré descubrir quién era yo, y mi esencia de caminante quedó marcada a fuego. Me di cuenta, por fin, que los pies son la forma más pura y sincera de viajar.

Juan Ronco, amigo caminante

Leave a Reply

Required fields are marked *.