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Carrera contra los colectivos

Colectivo

No está bien meter a todos los gatos en la misma bolsa y decir que todos los colectiveros de Buenos Aires tienen malas actitudes para con los pasajeros. De hecho, he conocido muchos que han sido serviciales en extremo. Pero lo cierto es que hay un gran número de ellos que tienen muy pocas pulgas, de esos que te ladran cuando le preguntás si el colectivo te deja en Scalabrini Ortiz y Paraguay por ejemplo.

Pero sin dudas, lo que más me molesta de esos hombres al volante que recorren hasta el hartazgo las atestadas calles porteñas, no son sus contestaciones parcas y hasta feroces —contra lo cual nada puedo hacer— sino cuando no te abren la puerta cuando están detenidos en un semáforo por ejemplo, o en un instante que el tráfico los obliga a detener la marcha. Entiendo y respeto que para eso hay paradas determinadas, y que por normativa seguramente no pueden detenerse donde se les plazca. Sin embargo, en un día lluvioso, mientras el semáforo está en rojo, nada les cuesta abrir la puerta para que uno le haga una gambeta al diluvio. No es una cuestión de normativa, sino de humanidad. Lo peor es que cuando uno se topa con esos ortodoxos de las reglamentaciones, y les toca la puerta mirando esperanzado con ojos de cachorro, con los pelos mojados y pegoteados de humedad, no solo no te abren, sino que te miran con desdén, o te ignoran. O te marcan con el dedito que la parada es más adelante. Por suerte, sí puedo hacer algo contra esto.

Todo comenzó de joven, de adolescente para ser preciso. Ni siquiera conocía tanto la ciudad de Buenos Aires, por ese entonces vivía en Mar del Plata. En la esquina de la calle Alvear y Roca, paraba el colectivo quinientos noventa y cuatro, mi corcel rodado hacia el centro de la ciudad. Recuerdo que era de esos viejos Mercedes Benz, con trompa, de esos que ya no se ven. Con una frecuencia muy baja —uno cada media hora— siempre sentí que no podía darme el lujo de perder el colectivo. Media hora era para mí, y a veces lo sigue siendo, una eternidad. Sobre todo si tenía que esperar, sin hacer nada, hasta que pasara la próxima unidad. Bueno, colectivo, por esos días no conocía, o no usaba al menos, la palabra unidad para referirme a ellos.

Lo cierto es que me daba bronca, y un día que salí de mi casa, a la vuelta de la parada, vi pasar un quinientos noventa y cuatro a toda velocidad, de modo que si hubiese caminado, lo hubiese perdido. Sin pensarlo, lo corrí. Es verdad es que estaba entrenado, y tal vez por ello lo alcancé, calculando que se detendría en la parada para subir o bajar pasajeros. Desde ese momento clave, esa carrera contra el tiempo significó un punto de inflexión, una bisagra en mi vida. Nunca más dejaría que se me pase el colectivo. A veces tenía que correrlo por mucho más que una cuadra, quizá hasta siete u ocho, calculando atajos pues sabía el recorrido. Es difícil decir qué tan feliz me hacían esas carreras, esas pulseadas cuyo único premio era no tanto ahorrarme una media hora, sino hacerme sentir fuerte, hacerme sentir que podía ganarle, solo con la fuerza de mi voluntad y de mi cuerpo, a un adversario superior, motorizado y rodado.

Otras veces, corría largas distancias por avenidas, jugando con los tiempos de los semáforos hasta que los alcanzaba. Por supuesto que en ocasiones, cuando tocaba la onda verde, nada podía hacer. Aún así, dejaba todo en la carrera, como si en ella fuera mi vida.

Perseguí muchos colectivos en Mar del Plata, sin embargo me volví un profesional de la carrera contra los bondis —si se me permite un termino un poco más lunfa— cuando fui a estudiar a Buenos Aires. En esa ciudad, a diferencia de la otra, junto al mar, los choferes eran mucho más hostiles. Como conté renglones más arriba, te miraban con desdén cuando le tocabas la puerta en días en que el mundo se venía abajo, te ignoraban por más que un espeso chaparrón te mojara entero. No tenían códigos, lisa y llanamente. Como un amigo que invita a salir a tu hermana.

Me alejé de mi obsesión de correr a los transportes públicos cuando me trasladé al sur argentino, donde hace once años que las piernas son casi mí único transporte. Aún así, cada vez que vuelvo a Buenos Aires por un período determinado, siempre que puedo despunto el vicio. Y cuando gano, siento que la apuesta paga doble. Como hace unos días atrás, mientras esperaba el treinta y nueve que me acercaría a la Plaza Serrano. No estaba seguro de la parada, pero casi no esperé nada y lo vi venir. Una gran suerte, dado que la frecuencia de ese ramal es bastante pobre. Frené con una seña al colectivo pero me di cuenta de que estaba errado, y el colectivero reafirmó mi error señalando con su dedo índice hacia delante, dando a entender que la parada era en la cuadra siguiente. Sin dudarlo, aún sabiendo que no tenía apuro, y también sabiendo que no debía traspirar demasiado pues me dirigía al encuentro de una bella mujer, lo corrí a morir. Ese dedito fue como el disparo de largada, y entonces giré sobre mi eje y comencé a correr a toda velocidad. Como cuando lo hacía en Mar del Plata. No importaba que hubieran pasado casi veinte años. Me sentía fuerte, y sabía que estaba en forma y podía ganarle. Tenía que ganarle, subirme a su colectivo y demostrarle que no tenía idea con quien se había metido. Sentí la fuerza de cien corredores, medallistas olímpicos todos, inundar todo mi cuerpo. No me iba a dejar vencer por ese porteño agrandado, que seguro se estaría riendo después de ver que comenzaba a perseguirlo como un perro con rabia. Ese dedo, esa vez y todas las demás, no hacía más que incitar al desafío, a la lucha, al retruco. Era una cuadra larga, pero sabía que en la esquina estaba la parada, y que seguro bajaría o subiría alguien. Así fue; una mujer detuvo al colectivo y en ese segundo que aminoró su marcha, justo en ese instante, me subí. Disimulando la agitación le dije «dos con setenta, hasta plaza Serrano», como si no hubiese significado nada mi carrera, y antes de irme hacia el fondo, agregué con el pecho inflado : «te alcancé», a lo que contestó con un gruñido perruno, visiblemente enojado. Esa vez, como tantas otras, me sentí fuerte y alegre, y si bien no estaba apurado, disfruté de haberle mostrado que aún estaba en carrera.

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