Article
0 comment

Correr en las regiones polares

IMG_0020

Tres meses en un barco, sin hacer nada de ejercicio físico, y con una dieta que desborda en alimentos, es demasiado. Al menos para mí y para mi cuerpo, cuyo peso suele oscilar, con las temporadas, como el péndulo de un reloj.

Más allá de los kilos que uno puede llegar a acumular a raíz de esta peligrosa combinación (sobrealimentación y falta de ejercicio), si hay algo que extraño cuando estoy a bordo de un barco en las regiones polares, eso es correr.

No puedo negar que en algunas embarcaciones en las que he trabajado, existía un pequeño gimnasio, con bicicletas fijas, aburridas máquinas para levantar pesas, e incluso cintas para correr. A veces, por necesidad más que por gusto, me he visto trotando en esas cintas nefastas, en las que uno avanza sin avanzar. La idea de correr en una cinta es como un pesadilla a ojos abiertos, y pienso que quizá serían geniales para ofrecer la posibilidad de experimentar, en carne propia, aquello que experimentan los hámsteres corriendo en sus características rueditas.

No soy un roedor, y no me interesa sentirme uno de ellos.

Así fue que, estando frente a frente a tan absurdo dilema —correr o no correr— encontré una solución. Por más pequeñas que sean, todos los barcos tienen alguna cubierta exterior. Un día cualquiera, sin importar hacer el ridículo, me animé a correr dando vueltas y vueltas al pequeñísimo circuito, y me di cuenta que, a pesar de lo minúsculo del recorrido, la sensación de correr afuera me reconfortaba tanto como hacerlo en un bosque, con el agregado de que, además, podía admirar las montañas nevadas, los glaciares y el mar. Incluso, podía observar la fauna; ballenas, aves, focas. Sí, correr en un mini circuito, navegando, al final no era tan malo. En el año 2013, para darle más fuerza al novel deporte (aún no le he dado nombre) corrí un maratón en una cubierta de treinta y cinco metros de superficie, mientras mi barco se desplazaba por el Estrecho de Gerlache. Imaginé que con esa acción atraería más adeptos, aunque la realidad indica que no. Más allá de las risas, y del incondicional apoyo de mis compañeros, mucho más no atraje.

Aún así y a pesar de todo, corriendo en las regiones polares, a bordo de un buque de expedición, encontré la solución a la falta de movimiento a la que uno se ve preso estando embarcado por largos meses. No me interesa el hecho de que quizá sea el único representante de la disciplina. Algunos dirán que lo que hago no tiene nada de especial, y que mis vueltas a la cubierta de popa rozan lo absurdo más que lo deportivo. Tal vez tengan razón. Pero el aliento frío de los océanos ubicados en los extremos del planeta, mientras mis piernas dibujan círculos infinitos y mi corazón bombea algo más de sangre que lo normal, me hace sentir vivo. Al fin de cuentas, eso es lo que más importa.

Leave a Reply

Required fields are marked *.