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Los cuarenta y dos de las Malvinas

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Siempre me gustó correr. En relación a esta actividad, las primeras imágenes que vienen a mi mente suceden en una ciudad argentina junto al mar, donde cientos de miles de personas han veraneado y seguirán haciéndolo con el paso de los años. Aún conservo en mi memoria, bien frescas, esas postales de mis primeros trotes por las costas de Mar del Plata, donde viví durante mi adolescencia.

Puedo ver las aguas del Atlántico disgregándose entre las rocas del Cabo Corrientes y siento esa brisa salada rozándome el rostro. Siguen ahí, en el mismo lugar donde los dejé, alineados en la costanera, esos pescadores que esperan pacientes que un pez muerda el anzuelo, mientras toman pavas de mate y conversan vaya a saber uno sobre qué. Revolviendo entre la nostalgia de esos momentos, aparece una frase, un deseo inocente que pronuncié para que nadie escuchara: algún día correré un maratón, algún día.

Yo ya era más grande, es cierto, aunque no tanto. Pasaron algunos años y algunas mudanzas. Entonces vivía frente a otro mar, un híbrido en realidad, una mezcla de Atlántico y de Pacífico, un canal al que un capitán inglés había nombrado Beagle. Allí cumplí ese deseo de joven, ese anhelo de correr los cuarenta y dos kilómetros. Esa misma distancia había corrido un griego llamado Filípides, entre Atenas y la ciudad de Maratón, encargado de llevar la noticia de la victoria ante los persas. Hoy han cambiado los motivos, hoy uno corre cuarenta y dos kilómetros por placer (aunque algunos sostengan que es puro masoquismo), y no para trasladar los ecos de la guerra. Aun así, toda vez que se organiza un maratón en cualquier lugar del mundo, cada uno de los corredores rinde honores a aquel griego que corría en sandalias lo que hoy se corre en zapatillas.

Cuando me enteré del maratón de Stanley, supe que quería participar en él. Por dos razones. La primera tenía que ver con la repetición del escenario: todas las veces que había corrido cuarenta y dos kilómetros lo había hecho en la Tierra del Fuego. La segunda, y tal vez la más importante, se relacionaba con la posibilidad de conocer aquellas islas en donde tuvo lugar una guerra, innecesaria, pero que inevitablemente era parte de la historia de mi país. Y ahí estaba, después de algunos meses de haberlo planeado, en la casa de un amable isleño, vendándome los pies para soportar la carrera con mi calzado gastado.

John me alcanzó hasta el Town Hall, donde era la partida. Además de brindarme apoyo moral, mi anfitrión aprovecharía para cubrir el evento para luego publicar una nota en el periódico local. Ya había bastante gente. Algunos estiraban las piernas, otros se congregaban en grupos y socializaban. Entré en el banco para buscar los números que me correspondían y que debía colocarme en el pecho y en la espalda. No bien los recibí, se me acercó una mujer de la organización y me preguntó (en realidad ya lo sabía) si era argentino. Y antes de dejarme contestar, quiso saber si yo llevaba conmigo una bandera de mí país, pues no querían nada político. Le dije que no, que había ido a las Malvinas solo para correr. John me presentó a Marcelo De Bernardis, un argentino de Buenos Aires a quien él ya conocía, pues había ido a correr en años anteriores. Una de esas veces, había conseguido el tercer lugar en la competencia. Con él, había dos compatriotas más, Leandro Hidalgo, de La Plata, y Manuel Méndez, de Mar del Plata. Permanecí un rato conversando con ellos. Marcelo y Manuel eran los más experimentados, pues habían participado en muchas maratones; Manuel, incluso, había corrido ultramaratones, aquellas carreras que superan los cuarenta y dos kilómetros. Una vez, en San Pedro, había recorrido ciento ochenta kilómetros sin parar, durante veinticuatro horas seguidas. Por mi parte, el de las Malvinas sería mi sexto maratón. Mientras esperábamos que pasara la hora, también intercambié algunas palabras con un señor estadounidense bastante mayor, de unos setenta y algo. Corría su maratón número ciento noventa y nueve. Cuando llegase a los doscientos, se retiraría. Vivir proyectando objetivos, esa forma que tiene la gente de seguir adelante. Antes de empezar, se congregó a los participantes en el Town Hall. Allí, los organizadores explicaron cómo sería el recorrido y algunos otros detalles. Además de quienes correríamos la carrera completa, había gente que participaría en equipos de cuatro en la modalidad de relevos, de modo que cada uno haría una distancia de diez kilómetros y medio.

Por fin se hizo la hora. Los corredores se acercaron a la línea de largada y, entonces, el gobernador, que también se contaba entre los participantes, comenzó la cuenta regresiva. Cuando terminó el conteo, el gobernador disparó una de esas pistolas que no tienen otro fin que dar inicio a una competencia deportiva. Todos partieron apresuradísimos rodeados por el ánimo festivo de los espectadores que aplaudían y alentaban. Desde mi llegada a las islas, ese día fue el mejor. Poco viento, sol radiante y una temperatura agradable para los estándares malvinenses. De Manuel, ni la sombra llegué a ver: había picado en punta. Me acoplé a Marcelo y a Leandro para no correr solo. Además, no era mala idea poder conversar un poco a medida que avanzábamos. Íbamos a buen ritmo, a pesar de que Leandro estaba saliendo de una gripe que cada tanto lo hacía toser. A medida que dejábamos atrás los kilómetros, Marcelo tomaba su cámara de fotos y grababa unos vídeos, relatados, de los tres corriendo junto al mar dorado por el sol de la mañana. Después de pasar junto al cementerio de Stanley, trepamos una cuesta que nos dejó en la ruta. Y de ahí seguimos en dirección al viejo aeropuerto de Stanley. En un momento, vimos a Manuel cruzarnos de frente junto a un británico que yo ya había conocido antes. Lo había visto casi todos los días de mi estadía en el techo de la casa John, pintándolo de verde. Habíamos cruzado algunas palabras, pero no muchas: Hugh era un hombre muy callado. Ya había ganado la competencia en dos oportunidades, pero algo me decía que esta vez no le sería fácil. Y para mí tampoco era fácil, sobre todo esa subida larguísima en dirección a Sapper Hill, la última colina antes de Stanley. Una vez allí, pude ver el Monte Longdon y el Two Sisters. Montañas tristes, llenas de imágenes de la guerra, de argentinos y de británicos matándose mutuamente. Imágenes que no pueden borrarse y, menos aun, olvidarse, porque están teñidas de sangre. Cuando regresábamos hacia el aeropuerto de Stanley, Marcelo sufrió una lesión en el talón de Aquiles. Al igual que el héroe griego de la Ilíada, un traumatismo al parecer insignificante podría haberlo dejado fuera de combate. No obstante, Marcelo no se rindió, como si en la carrera se jugara la vida y, rengo, siguió avanzando. Leandro y yo seguimos a nuestro ritmo hasta el kilómetro treinta, punto en el que decidí apurar el paso. A pesar de que esa distancia suele ser algo así como un punto de inflexión en un maratón, sentí que tenía mucha energía aún. Estaba inspirado y no quería que esa inspiración se cortara, por eso seguí marcando la velocidad de mi propio avance. Me motivaba pasar a otros competidores, como si al hacerlo ganase una fuerza o una resistencia extra. Cada cinco kilómetros, había puestos donde ayudantes entregaban bebidas y, a veces, chocolates. En esos puntos, se congregaban espectadores del pueblo que alentaban con gritos y con aplausos. Ya casi no faltaba nada, ya había superado airoso la última cuesta. Bajé hasta la costa y me decidí a ganar, al menos, dos posiciones más. Un rato antes, me había cruzado a Marcelo que resistía el dolor estoicamente y que me había confiado que yo iba entre los primeros diez participantes. Por qué no entre los primeros cinco, me dije mientras pasaba al lado de otros dos corredores. Me sentía muy bien, a pesar de que los músculos ya comenzaban a quejarse. Ni hablar de mis pies que, para ese entonces, ya debían de tener unas cuantas ampollas. Pasé frente al Town Hall; la gente aplaudía con entusiasmo. La última vuelta; unos cinco kilómetros más a lo sumo. Seguí avanzando a buen ritmo, sabiendo que, en pocos minutos, llegaría al final. Disfruté mucho el último tramo por la costa: la luz del sol le confería un brillo especial a todo el escenario. No importa cuántos maratones corra uno, la llegada siempre es emocionante. Y esta en particular, en las Malvinas, tenía un toque especial. Cuando llegué a la meta, John estaba esperándome. Me costó, en realidad no quise, disimular mi gran alegría. Había marcado mi mejor tiempo de los seis maratones en los que había participado y había llegado en sexto lugar. Cerca de John, estaba la mujer de Leandro, Jorgelina, quien me contó que Manuel había salido victorioso. Era la primera vez que un argentino ganaba la competencia, y me imaginé que si algún diario un tanto amarillista lo supiese, con seguridad usaría este mérito atlético para reivindicar derechos de soberanía en las islas. No obstante, ello no me interesaba. La carrera no tenía nada que ver ni con la guerra ni con límites políticos. Para mí, era un asunto deportivo y, como tal, más que separar territorios o acrecentar enemistades, hermanaba a los pueblos del mundo.

A los quince minutos de haber llegado, apareció Leandro, y su mujer y su hijo salieron a su encuentro. Después de un rato, John y yo volvimos a su casa, y me di una ducha que disfruté muchísimo. Pero a decir verdad, lo que más disfruté fueron los fideos con salsa boloñesa que comí después. ¡Tenía tanta hambre! No quise quedarme mucho en la casa; en cuanto pude, volví al Town Hall para ver llegar a los demás participantes. Allí me encontré con Manuel, a quien felicité por haber ganado la carrera. Al poco tiempo, resistiendo admirablemente el dolor de su lesión, cruzó la meta Marcelo De Bernardis. Cinco horas tardó en llegar: una y media las corrió, las demás las sufrió. En cualquier otro maratón, ese esfuerzo hubiese sido loable, pero, en las Malvinas, escondía algo más profundo. Ese algo no tenía que ver simplemente con seguir pese a todo, con alcanzar la medalla que colgaría en algún lugar de su departamento en Buenos Aires. En las islas, la medalla era lo de menos: lo más importante era no rendirse o, mejor todavía, no dejarse caer.

Como en todos los eventos deportivos, en este también hubo una ceremonia de premiación. No me referiré a ella en detalle, pues quizá se parezca a tantas otras en las que los aplausos, las fotos con organizadores y los flashes rebotando en las paredes del recinto son lugares comunes. Informal pero agradable, el pequeño acto tuvo lugar en una atmósfera muy familiar, y mis compatriotas y yo nos sentimos muy a gusto. Una vez finalizado, nos dirigimos hacia donde Marcelo, Manuel y Leandro se estaban hospedando, la casa de una señora de nombre Arlette. Era un bed and breakfast y se llamaba Lafone House. Cuando llegamos, Arlette lo vio a Manuel y lo abrazó como si fuera su propio hijo. Estaba muy contenta, y en seguida le ofreció el teléfono para que le comunicara la buena nueva a su familia. La casa estaba impecable, tenía una cocina generosa y un comedor con una decoración muy cálida. La alfombra parecía recién colocada, y esto con seguridad se debía a la regla de la casa: había que descalzarse para entrar. Era un día especial y, para celebrarlo, Arlette prepararía la cena para todos. No pude resistirme a la invitación. A los comensales argentinos, se sumaron dos ingleses que estaban alojados en la casa y que estaban trabajando en algo que tenía que ver con la reconstrucción del muelle de Stanley. También había una amiga de Arlette, una chilena de Punta Arenas. Conversé un rato con uno de los ingleses mientras ayudaba un poco a Arlette en la cocina. Arlette era una anfitriona excelente, cariñosa y divertida. Tenía la particularidad de amar a los argentinos. Hasta ese momento, todos me habían tratado con respeto, pero Arlette era, sin duda, una mujer fuera de serie. No me hubiese sorprendido que se hubiera criado en algún lugar de Latinoamérica, pero era tan isleña como el mismísimo warrah. Su amor, casi adoración, por los argentinos residía en la afectuosidad que caracteriza a nuestro pueblo. Para ella, los británicos son demasiado fríos. Mientras tomábamos una copa de vino y conversábamos entre todos, Arlette iba sacando del horno, como si fuese un gran cofre, distintas bandejas, cada una con un tesoro distinto: pollo, carne vacuna, cordero, papas y verduras. Fue una cena inolvidable, no solo por los deliciosos platos (¡y ni hablar del postre!), sino también por el momento compartido. Hubo champán para brindar, y Manuel usó de copa el trofeo que había ganado en el maratón. Luego lo tomó Arlette, que no paraba de reírse. Tenía una risa muy contagiosa, hay que decirlo. Exceptuándome, todos tenían la ventaja de que, para irse a dormir, no tenían más que subir a la planta superior de la casa, donde estaban sus habitaciones. Ya era un poco tarde, me despedí y me fui. Un poco maltrecho y algo rengo, caminé rumbo a la casa de John. A pesar de que sentía los cuarenta y dos kilómetros encima, era una buena noche, y no había razón alguna para que no estuviese de buenos ánimos

Fragmento extraído de Papeles de Tierra y Mar, historias reunidas donde termina el mundo, de Federico Gargiulo. Editorial Südpol, Ushuaia, 2013. 

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