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De cómo y por qué fundé una editorial

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Un editor es alguien que prepara los textos de una obra antes de publicarlos. Bueno, yo no soy ese alguien. Al menos no en el sentido estricto del término. Mi relación con el título de la sección, y con la literatura en general, se remonta a mi niñez. Mi padre era una persona de pocas palabras, pero pasaba horas leyendo en silencio.

De tanto observarlo en esa pose casi inmóvil, enfrascado frente a alguno de los numerosos volúmenes que había en la biblioteca familiar, me contagió el hábito de lectura. Decreté que si mi padre lo hacía por tanto tiempo, algo interesante debería haber en ello. Estaba en lo cierto. Estoy casi seguro de que no lo hizo adrede, aún así, le estaré eternamente agradecido.

La escritura me vino mucho después, hacia el ocaso de la adolescencia. Cuentos cortos, pequeñas historias que me daban ganas de contar y compartir entre mis conocidos. Luego vinieron los diarios, las crónicas de algunas aventuras y finalmente mi primer libro, Huellas de Fuego, relatos de una expedición al fin de la Tierra, una historia real sobre uno de los viajes más importantes que hice en mi vida. Hago mención de esto, a ritmo de fast forward, porque gracias a ese viaje y a ese libro, hoy estoy escribiendo esto.

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Por aquel entonces, decidí que lo más fácil (nada conocía del mundo editorial) para sacar a la luz esas páginas nuevas, llenas de fascinación juvenil, era auto publicarme. Esto significaba asumir los costos de la publicación de la obra, hacer los registros correspondientes, buscar correctores, conseguir a alguien que transformara mi libro en algo visualmente atractivo y, finalmente, dar con una imprenta que lo imprimiese. De todo esto, claro está, no sabía nada. Comencé a averiguar, y paso a paso se fueron dando las cosas. Como esos despliegues de dominós en los que una pieza va empujando a la otra, un contacto me fue llevando a otro, y finalmente se produjo la alquimia: de un archivo digital pasé a tener mil ejemplares de un libro de verdad, igualito a los de las librerías. Fue un milagro, casi tan grande como la multiplicación de los panes, incluso más grande todavía. Y aún más milagroso fue lo que sucedió a los tres meses siguientes: los había vendido todos. Luego de reimprimirlos me dije: ¿y si fundo una editorial, especializada en libros de viaje, para publicar otros autores e instaurar el género en Argentina?

Así nació Südpol, y así me convertí, más por necesidad que por vocación, en algo así como en su editor en jefe. De a poco la familia se fue agrandando, y fueron naciendo más libros. Voces extranjeras, traducidas a nuestro idioma, o voces nuestras, traducidas a otras lenguas. La temática, el rumbo de la editorial, lo marcaban y lo siguen marcando los viajes . Mi trabajo es detectar esas voces, darles un espacio, y luego buscar oídos que quieran escucharlas.

Para conocer más de la Editorial Südpol, visitá www.sudpol.com

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