Article
0 comment

Descargo público

P1060699

Hacía bastante que no escribía, y creo que mis más recientes aventuras en el continente blanco ameritan el regreso de mi pluma. Aunque estas vendrán en textos ulteriores; el objetivo de este es hacer un descargo. Esto tengo que gritarlo y de ninguna manera me lo quiero guardar. Sí, mi descargo es contra Federico E. Gargiulo, algo así como el padre que nunca tuve ni tendré o, a lo sumo, un hermano mayor que se hace cargo de ciertas cosas (de pocas, para ser brutamente honesto).

Ya lo he hablado con él y, a pesar de todo, he sabido perdonarlo, porque yo no soy quien para negar el perdón. Que él tenga actitudes egoístas y muchas veces sea desconsiderado conmigo, cosa suya. Pero yo no soy así, quizá mi perdón sirva para darle el ejemplo y, espero, para hacerlo sentir mal. Sí, disfruto de la venganza, y si eso es un defecto, admito sin culpa que es mi preferido. En fin, basta de prolegómenos innecesarios, como diría nuestro amigo en común Ruy Gratia, y vamos a lo que nos ocupa.

Hace dos meses que junto con Federico zarpamos de Ushuaia, y así fue que comenzamos nuestra tercera temporada antártica. El primer día lo pasé en la oscuridad de su mochila. El segundo se apiadó y decidió darme más aire, y me acomodó sobre la caja fuerte ubicada en su placard. Lo peor es que el «señor» tuvo el tupé de subir una foto al Facebook en la que aparecía yo al lado de su equipo de mate, con un epígrafe bastante cursi. No recuerdo las palabras exactas, pero rezaba algo así como «mi mejor amigo Italiano junto al mate inseparable». Ahora, lectores, yo les pregunto: ¿guardarían a su mejor amigo en la oscuridad de un placard, mientras afuera yace un mundo increíble, de montañas nevadas, de témpanos azulados, de pingüinos juguetones, de ballenas acrobáticas? Adivino su respuesta y les digo: yo tampoco. El hecho que les refiero no sería tan grave si solo hubiesen sido algunos días. No, mi cautiverio, por decirlo de alguna manera, se extendió por más de un mes. En una tormenta en el pasaje de Drake pasé de mi hogar sobre la caja fuerte, al piso del placard. Sí, a lo más bajo de esa caja oscura y fría, boca abajo, confinado, triste, solo. Para ponerlo en tan solo una palabra: descuidado. Como agravante, en ese bajofondo el «historiador del Sea Adventurer» (creo que desde que ostenta ese nuevo rótulo se le subieron los humos a la cabeza), arrojaba sus remeras transpiradas, sus calzoncillos y sus medias usadas. Sean ustedes los jueces, lectores, pero creo que este trato, este maltrato mejor dicho, yo no lo merezco. Ahora todo el mundo habla de los derechos humanos pero ¿quién habla de los derechos de los osos? Nadie. ¿Acaso por haber nacido oso no merezco un trato humanamente decente? ¿Cómo es entonces que alguien como Federico, con quien crecimos juntos, puede encerrarme en su armario por más de un mes y que nadie le diga nada? ¿Dónde está la censura social? Me pregunto todo esto porque se lo ve muy tranquilo, caminando por las cubiertas del navío como si fuera el presidente, dando charlas de historia como si fuese un académico de renombre, brindando con champagne francés con el capitán, sonriéndole a las señoronas de otros países, dando discursos de despedida que siempre son el mismo repetido. Lo más terrible es que todo esto lo hace sin culpa.

Hace unas semanas se dio cuenta de su error y para enmendarlo me llevó en cada una de sus excursiones, buscándome los mejores puntos panorámicos para hacerme sonreír. Ya lo perdoné, como expresé más arriba, pero el daño ya esta hecho. De todas maneras, y como ya lo conozco desde hace treinta años, sé que él es así, y que no hay que entenderlo, hay que quererlo. O no. Tan simple como eso.

Leave a Reply

Required fields are marked *.