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Italiano, oso polar

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Ni osos negros, ni pardos, ni pandas, ni polares. Hasta hoy, nunca había visto ninguno, y eso que yo soy oso también. Reconozco que estoy hecho de peluche, pero aún así, debería conocer para esta altura del partido (treinta y un años al día de hoy) a alguno de mis pares, cualquiera sea la especie. Por eso, cuando hace uno meses Fede me invitó a acompañarlo a trabajar embarcado durante la temporada en el Ártico, no lo dudé un segundo.

Cancelé mi agenda por los siguientes tres meses, y me dije «vos te merecés esto Italiano, te lo ganaste». No sé si me lo gané o no, pero eso no importa. No pensaba perderme la oportunidad de conocer el hogar de mis ancestros, aunque no estoy seguro de que mis abuelos sean polares. Yo soy más un oso de ciudad, único. Por eso soy rojo y… blanco! Sí, blanco… Nunca me había puesto a pensarlo detenidamente, pero al fin de cuentas, quizá corra algo de sangre polar por mis venas. Aunque en la misma línea de razonamiento, bien podría ser panda. Pero el panda es un oso afeminado, que vive de ramitas de bambú. Una verdadera mariconada, un oso vegetariano. El oso es de la carne, y yo soy bien carnívoro, máxime viviendo en el país del asado, de la ganadería extensiva, donde el bife es tan tierno uno lo puede cortar con el borde de la cuchara. Además el panda es un oso chino, y eso sí: yo de chino no tengo nada. No me gusta ni el té ni el arroz, y menos si lo tengo que comer con esos palitos. Por eso me sé polar, del norte, duro, fuerte, fornido. Bueno, esto último no se refleja mucho en mi cuerpecito desgarbado, será que de generación en generación se fueron perdiendo mis recuerdos de lo salvaje, y me fui adaptando más a la vida citadina.

Pero vamos a lo concreto, al principio lo dije como al pasar, antes de toda esta perorata. Sí, hoy vi un oso polar. Estando a más de 80° latitud norte, durante la mañana, la proa del Sea Adventurer se posaba sobre el hielo marino. Rodeados de un paisaje sublime —un fiordo ancho, generoso, con montañas en la lejanía—, uno de los guías (por supuesto que no fue Fede, aún le falta entrenarse en materia de avistaje de osos), reconoció un oso polar en lontananza. Un punto amarillo, diminuto, avanzando hacia las montañas sobre el hielo quebrado. Con el ojo desnudo era imposible verlo, solo con la ayuda de los prismáticos se lo podía alcanzar. Más tarde, también a la distancia, apareció otro más, pero con dos crías, corriendo detrás.

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Pero la magia sucedió una o un par de horas después (perdí la noción del tiempo), cuando uno de los osos comenzó a acercarse al barco. Sin omitir sonido alguno, su cuerpo pesado se movía con elegancia, dibujando zig zags en la nieve, buscando un camino entre los bloques de hielo como almenas de un castillo, levantados a causa de la presión de los bandejones. A ritmo cansino pero seguro, el oso fue acercándose hacia la banda de babor. Sus pisadas se imprimían en la nieve, fijando, como un GPS orgánico, su camino en el terreno. Finalmente, el oso llegó hasta el lugar donde el casco de nuestro navío descansaba en el hielo. Los pasajeros ametrallaban sus cámaras con euforia, Fede tampoco lo podía creer, su primer viaje al Ártico y un oso polar pegado al barco. Pero sin duda, quien se sintió más tocado ante semejante experiencia fui yo, el único oso entre todo el pasaje. Durante una hora, no le saqué los ojos de encima. Era un oso, de carne y hueso, justo enfrente mío. No pude disimular mi entusiasmo: finalmente, después de más de tres décadas, me encontraba frente a frente, con parte de mi familia. No necesariamente, aunque tal vez sí, ese individuo formaba parte de mi genealogía. Sin embargo, me sentí hermanado. Tuve ganas de saltar por la borda hacia el hielo y seguir a ese oso en su vida errante, sentí ese «call of the wild», quizá algo parecido a ese mismo llamado que sintió Buck, el perro creado por la pluma maestra de Jack London. Por supuesto que no lo hice; jamás me hubiese perdonado abandonar a Fede, a pesar de todo. Pero antes de irse, como si me hubiese estado leyendo la mente, el oso giró su cabeza y fijó sus ojos en los míos. Nos miramos por unos segundos. Encontré en él una mirada brava, adusta, pero muy honesta. Él se dio cuenta y yo también, y mientras se alejaba por otro camino, entonces me supe un oso polar.

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