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La milonga del Bedford

Address The Bedford, Bedford Hill, Balham, SW12 9HD. Folk Festival.

Como he escrito o dicho alguna vez, bailar tango es algo que me pierde, que me abstrae completamente de todo lo demás, de lo bueno y de lo malo. Se puede decir que soy un hombre afortunado: me he dado el lujo de bailarlo en diferentes lugares. En su epicentro, Argentina por supuesto, en Uruguay, Francia, Alemania, Inglaterra, e incluso en la Antártida.

Pero el mundo es muy grande, y ese puñado de países (y continentes) que acabo de enumerar no representa ni siquiera un 1% de la comunidad mundial de las milongas y de los tangueros.

Al igual que bailar tango, viajar es algo que me fascina. Siempre que tengo la posibilidad, trato de combinar ambas actividades, lo que inequívocamente produce un resultado altamente feliz.

Hace unos días, mientras estaba en Londres, me dije que tenía una cuenta pendiente con el tango en esa ciudad tan cosmopolita. El año anterior había bailado en Cambridge, en una milonga menor, aunque simpática. Sin embargo nunca, por una razón u otra, había despuntado el vicio en la ciudad a orillas del Támesis. De modo que sin pensármelo mucho, comencé a indagar en la red sobre los distintos escenarios donde el tango había hecho base en Londres. Como si hubiese sido obra del destino, esa misma noche había una milonga en Bahlam, al sur de Londres, y que justamente era el lugar donde me estaba hospedando, en el Bed and Breakfast / casa de mi buena amiga Agnes Schneider. La oportunidad de saldar una cuenta estaba al alcance de la mano, a solo unos quinientos metros de mi residencia temporal. No tenía excusas para no ir esa noche, ni siquiera tenía que someterme a cruzar la ciudad debajo de la tierra, valiéndome de engorrosas combinaciones de trenes.

Cuando finalmente llegó la hora señalada, dejé la casa de Bedford Hill y caminé hasta el lugar donde la milonga tendría lugar: The Bedford. Hace muchísimos años un hotel, el Bedford es ahora un pub típicamente inglés: cerveza tirada, fish and chips, un ambiente oscuro pero por cierto muy festivo. También contaba con un escenario en el que bandas en vivo tocaban cada tanto. Algo anecdótico pero no menor: en ese mismo escenario, los mundialmente famosos U2 hicieron algunas de sus primeras presentaciones, cuando quizá solo eran conocidos por sus familiares y amigos.

Mientras me acercaba al pub escuché música que provenía desde el primer piso. Como si cayeran de la ventana, identifiqué los inequívocos sonidos del piano y del bandoneón. Aquel que está familiarizado con el tango, en seguida reconoce sus instrumentos, su cadencia, la forma en que estos se expresan. Para un argentino, escuchar un tango al otro lado del globo, es como entrar en una embajada. No importa en qué lugar del mundo uno se encuentre, es como volver a las raíces, al patio de la casa, al barrio, a los amigos.

Hay que decir que me parecía particularmente rara la idea de bailar un tango en un pub bien British, aunque a la vez me entusiasmaba. Pagué las seis libras que costaba la entrada e ingresé al recinto, un salón oscuro en el primer piso.

Me acomodé en un sillón y comencé a observar el entorno. La primera impresión fue que la milonga estaba algo vacía, y la segunda (y la peor) que tal vez el público era un tanto mayor para mi gusto. Pero no perdí las esperanzas, y de hecho casi de inmediato observé a una mujer que bailaba muy bien. Además, la bailarina en cuestión, a juzgar por mi buen ojo, debería tener una edad similar a la mía.

Cuando terminó la tanda la invité a bailar y me di cuenta de que había apuntado bien. Bailaba impecablemente, interpretaba con exactitud mis marcas, seguía suavemente el compás de los tangos, sin apurarse ni demorarse, copiando al pie de la letra todos mis movimientos. Después del primer tango le pregunté, en inglés, de dónde era.

—Argentinean, but since some months I´m living in London

—¡Ah, perfecto! —le contesté en español— entonces podemos conversar en nuestro idioma. Se río, conversamos un poco más y seguimos bailando hasta terminar la tanda, y luego hasta terminar toda la siguiente.

 

Sería algo injusto decir que aquella argentina salvó la noche, porque después también bailé otras tandas con gente del lugar y la verdad es que el nivel de baile no era malo.

La selección musical, lo noté desde el principio, era excelente. Sobre todo por el contraste: hacía unas semanas atrás había estado bailando en París a orillas del Sena y la música había dejado mucho que desear. El DJ parisino elegía tangos que no combinaban, milongas ideales para un circo y valses que jamás había escuchado en mi vida. Pero esa noche, en Bahlam, Di Sarli, Biaggi y Vargas brillaron. Cada tanto el DJ anunciaba, por el micrófono, la orquesta que sonaba, y casi en seguida me percaté, por su voz, de que no era inglés. Lo que terminó de definir su lugar de origen fueron las cortinas musicales que usaba para separar cada tanda de tangos (o milongas, o valses). A pesar de las cumbias bien obvias, la cortina más icónica fue «La balsa», de Los Gatos. Mientras bailaba otra tanda con la Argentina, le pregunté sobre el DJ.

—Sí, es Argentino, ahora te lo presento, es un personaje

En efecto, era un personaje. Hablamos de todo un poco, de cómo había llegado ahí, de la vida en otro país. Hacía catorce años que vivía en Londres, pero cuando le dije que ya casi era un inglés, me contestó:

—¡No, eso nunca!

En su respuesta, sentí que aquel no era uno de esos argentinos que se exilian y ocultan sus raíces, negando su terruño por alguna razón, sino todo lo contrario. Era claro que se identificaba con su país y que, a mi juicio, lo extrañaba. Para completar su sello de origen, cada tanto cantaba un tango sobre la música, y hay que decir que lo hacía maravillosamente.

Esa noche bailé tangos, milongas y valses. No paré ni una sola tanda, y sentí que con cada tango mi baile progresaba notablemente. Flotaba en el ambiente, quizá para mí solo, una musa. No una musa consistente en una diosa, idilio propio del Olimpo, sino una musa como un conjunto de elementos sensoriales. Las orquestas del pasado, el aroma del río de la Plata, la nostalgia de lo lejano, el arraval.

Antes de la última tanda abandoné el salón. Quería dejar una cuenta pendiente para el futuro. Saludé al argentino que hacía las veces de DJ y a la argentina con quien bailé gran parte de la noche.

Bajé al pub propiamente dicho, y aquel contraste (separado apenas por una breve escalera) se me antojó como algo parecido a entrar en otro planeta, o al menos en otro país. Con una pinta de cerveza bien fría, festejé en solitario una de las mejores milongas que viví en el extranjero. Después de eso, me fui contento caminando hacia mi casa y, de haber sabido silbar bien, hubiese vuelto silbando un tango.

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  1. Al fin te separaste del oso envidioso….me alegra mucho su chamuyo,Salute.

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