Article
0 comment

Nace un tanguero

45591_493392947728_7928359_n

El tango es una música con un perfume sensual, y donde más se respira ese perfume, a mi humilde juicio, es cuando se lo baila.

Ese ritmo rioplatense despide placer, hacia fuera y hacia dentro: en el abrazo de los dos cuerpos, al compás del bandoneón, en una milonga a media luz, en los corazones latiendo fuerte cuando hay conexión en la pareja, en la respiración agitada cuando es innegable que hay piel entre los bailarines.

Viví permanentemente en Buenos Aires cuatro años, y paradójicamente, mi pasión por el baile del tango no nació en su epicentro mundial, sino en un lugar mucho más improbable, en los mares australes, en un barco con aspecto bucanero, en latitudes antárticas.

El barco se llamaba Europa, tenía tres mástiles, y en él viajaba por primera vez a la Antártida. Casi todos sus tripulantes y sus pasajeros eran de origen holandés, lo mismo que el navío. Y si no provenían de la tierra de las bicicletas, las esclusas y los tulipanes, a lo sumo venían de otros países europeos.

Antes de que saquen falsas conjeturas, yo no viajaba de polizón, pero tampoco lo hacía como pasajero (para ello había que desembolsar una importantísima cantidad de dinero), sino que mi rol era algo así como el de un marinero raso. Había conseguido la oportunidad a último momento, y el trato era que yo no pagaría mi pasaje, aunque debería ganármelo a costa de sudor y sangre, trabajando catorce horas por día. Hoy sigo pensando que ese arreglo fue uno de los mejores que hice en mi vida.

A mitad del viaje, pasamos una noche anclados en la bahía Paraíso, quizá uno de los lugares más bellos de todo el derrotero. El océano era una línea azul profundo, continua y estática, no soplaba una gota de viento y más allá de nuestras voces, reinaba un silencio monástico. Entonces, el capitán organizó un asado. Nadie lo llamaba de esa forma, sino barbacue, pues como mencioné más arriba, todos los pasajeros y tripulantes, excepto yo, provenían del hemisferio norte. Comimos y bebimos en igual medida; si dijera que lo hicimos generosamente estaría siendo muy medido con mis palabras: lo hicimos exageradamente.

Creo que fue casi a medianoche cuando sucedió lo que voy a contar, lo que importa para la esencia de este texto. Hoy se me antoja recordar un cielo diáfano, y atestado de estrellas, aunque estoy más que seguro que no fue así, ya que por esa fecha —era fin de diciembre— casi no hay oscuridad en esas latitudes australes. Yo me encontraba en un estado de paz absoluto, admirando el paisaje sublime con una copa en mi mano, cuando tres señoras se acercaron hacia mí con gran determinación, buscando algo. Me doblaban en edad, incluso me atrevo a decir que me doblaban dos veces en edad. Una de ellas, la jefa de esa patota improvisada, me abrazó y mientras lo hacía me dijo con un marcado tono imperativo:

—¡Federico, vos sos argentino, enseñanos a bailar tango! Tango fantasía. ¡Tenés que saber cómo hacerlo!

Sin poder esconder mi vergüenza, le dije la pura verdad: no sabía cómo bailar tango. Ni un poco, ni siquiera para mentir. Por más que insistieron —el asunto se puso peor, hubo forcejeos y todo—, tuvieron que retirarse, decepcionadas por no haberse llevado de souvenir algún paso de tango, aprendido nada más ni nada menos que de un verdadero argentino y, por si fuera poco, en aguas antárticas. Lo cierto es que yo me fui a acostar con una decepción enorme, tal vez incluso mayor que la de las abuelitas neerlandesas.

Pero esa decepción trajo como consecuencia una resolución: a mi regreso tomaría clases de tango.

Durante el tiempo que duró la travesía de vuelta —me sentía miserable, el pasaje de Drake nos castigó con olas de doce metros—, no dejé de pensar seriamente en mi decisión. Tal es así que el mismo día que desembarqué en Ushuaia, tomé mi primera clase de tango. Desde ese día, desde ese primer abrazo, no pude parar de bailar. Y desde eso ya hace ocho años.

Jamás volví a ver o a escuchar de las tres simpáticas abuelas. Dudo que algún día lean esto, pero siempre les estaré eternamente agradecido. Estas palabras son un pequeño pero merecido homenaje hacia ellas. De no haber existido esa noche clara en un barco en la Antártida, ese asado y, sobre todo, esa inagotable profusión de bebidas etílicas ingeridas por las ancianas, hoy por hoy faltaría una parte esencial en mi vida. El tango me ha dado solo satisfacciones, y creo que aquellos que disfrutan de esta danza entenderán de lo que hablo. Sé que es improbable, pero algún día quizá las encuentre. Entonces, les diré que ellas le dieron la vida a un tanguero, y luego les enseñaré con gusto aquello que me pidieron esa noche.

Leave a Reply

Required fields are marked *.