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«Vos escuchás un tango desde la luna»

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Ocurrió en Bordeaux, o Burdeos si traducimos el nombre de esa ciudad al español. Había acompañado a mi buen amigo y anfitrión en Francia, Fabrice Genevois, a una conferencia que él daría sobre uno de sus libros, relacionado con el descubrimiento del Estrecho de Bering y la extinción de las llamadas «vacas de mar».

La conferencia, bien sûr, fue en francés, y si bien me faltan siglos por aprender de esa lengua, pude, lo mismo que un auditorio de más de cien personas, apreciar una disertación interesantísima.

Ni Fabrice ni yo conocíamos Bordeaux, razón por la cual nos quedaríamos unos días, y además visitaríamos a su tía, que vive en los suburbios de la ciudad.

Paseábamos por el centro histórico y ya nos disponíamos a ingresar a la catedral de la ciudad —gótica y vertiginosa— cuando a lo lejos escuché que sonaba un tango. Con un entusiasmo juvenil, le dije a Fabrice, y él me preguntó dónde.

—Allá, a lo lejos, en aquella plaza —le dije. Le señalé el lugar para que se diera cuenta.

—Vos escuchás un tango desde la luna —me contestó Fabrice mientras me miraba sorprendido.

Para ese entonces no solo oía cada vez más claro el inconfundible compás del 2 x 4, sino que además había identificado a más de una docena de parejas bailando, haciendo las delicias de los transeúntes.

Nos fuimos acercando a ese lugar, y no bien llegamos me sentí en San Telmo, en Palermo, en Barracas, en Recoleta; o en todos los barrios de Buenos Aires a la vez. Ya me había olvidado de los arcos ojivales y de los robustos contrafuertes que sostenían la inmensa arquitectura de la catedral de Bordeaux. La música me había contagiado el ritmo, y mis pies y mi cuerpo pedían bailar. Fabrice se dio cuenta en seguida de mi excitación y me incitó a que buscara a alguna mujer para sacarme las ganas (de bailar, obviamente). Casi todas estaban ocupadas, pero había una, sentada en el piso, que tomaba fotografías, y que identifiqué sin dificultad como bailarina: llevaba puestos zapatos de tango. Sin demorarme me acerqué hacia ella, que estaba al otro extremo de la plaza, siguiendo el contorno de esa milonga francesa, evitando entorpecer a las parejas que, como en toda milonga, se desplazaban en sentido contrario a las agujas del reloj.

—Voulez-vous danser avec moi? —le disparé en el francés más claro que pude.

—¡Oui! —me dijo a la vez que se levantaba del piso.

Y entonces bailé, por los dos o tres tangos que quedaban de la tanda, en esa milonga que sucedía en una plaza Bordeaux, pero que podría haber sido en Buenos Aires, en Londres, en Japón o en Nueva York. Porque el lenguaje del tango y de las milongas, con su música y con su abrazo, es universal, y sin importar latitud y longitud, se siente igual de único.

6 Comments

  1. Fede,sigo sus experiencias del 2×4 internacionales,quisiera que me cuente de la charla que mantuvo con Italiano en una de esas milongas tan concurridas que usted visita…Un abrazo bien cerrado.

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    • Don Juan de Barracas, una alegría recibir sus comentarios. Algún día le contaré de esa charla, pero tendré que hacerlo en privado, me temo que este no es el lugar: Italiano es muy reservado con sus cosas. Le mando un abrazo bien cerrado

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  2. fede, u are a beautiful dancer. Any women would be extremely lucky to have a dance with you.
    Keep doing what u do.

    Cami

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    • My dear Cami!! Thanks for your comment! I will keep doing it, I love it!

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  3. ¡¡¡Qué lindo Gargi!!! Besitos desde Mardel!!!

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