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Justicia para el paraguas roto

2011-09-2017-54-29

Llueve a cántaros en Buenos Aires. Un día, dos días, una semana entera. Los vendedores ambulantes sacan a relucir cientos de paraguas que ofrecen con pregones que no necesitan ser atractivos: el agua moja y en ello no se esconde ningún secreto.

No es necesario enumerar las ventajas obvias de esos escudos contra los diluvios, si uno lo tiene permanece seco. El remedio contra la enfermedad. Y lo digo literalmente, porque enseguida aparece la tos, los mocos y los pechitos fríos. Y después andá a cantarle a Gardel, te hubieses comprado el paraguas. Si costaba diez pesos nomás. O hubieses llevado el de tu casa.

Después de la tormenta siempre viene la calma. Un dicho que no me gusta pero que es verdad. Y en este caso, en un Buenos Aires de fines de invierno, también se cumple. Siete días después del aguacero pareciera como que el cielo se hubiese secado. Entonces todos vuelven a la normalidad, por decirlo de alguna forma, y caminan más lento y con las sonrisas más brillantes. El sol calienta las veredas y el asfalto, las bocas de tormenta se tragaron toda el agua. Ya no es necesario saltar en las esquinas como un virtuoso saltimbanqui. Se acabaron los calzados más gruesos, las botas de goma y las medias empapadas. Y por supuesto, ya no hay más paraguas. Ya nadie se acuerda de ellos, de que durante la semana pasada fueron su amparo contra el infatigable enemigo, nadie recuerda que ellos fueron lo mismo que la armadura para el caballero. No, no lo hacen porque hoy andan impunes por las barrios de la ciudad, las chicas mostrando sus pies al desnudo con sus sandalias coquetas, los varones elegantes con sus lustrosos zapatos.

Pero la semana pasada no era tan así. Aquel señor importante que esperaba el colectivo en Esmeralda y Lavalle bien que se valió de su paraguas para preservar su traje impecable. O esa mujercita, que tanto llamaba la atención con su caminar acompasado, también le debe su buen reconocimiento a quien salvaguardó su plenitud frente a los chaparrones helados. Todo esto viene a colación de lo que observé ayer y hoy por las calles de Palermo. Es terrible y me duele, pero siento que debo contarlo. Porque alguien tiene que hacerlo. Aunque sea empezar. Y sinceramente porque creo que todos somos un poco responsables de lo que pasa, más allá de que yo prefiera no usarlos y resguardarme con la clásica capucha.

Al primero lo encontré, en la madrugada, en Charcas y Billinghurst, debajo de un andamio de una obra en construcción. Pobre paragüitas, estaba tumbado con sus huesitos de metal para cualquier lado como si fuesen sus bracitos quebrados. Su piel resquebrajada y maltrecha, flameando despacio al ritmo de la brisa noctámbula, como un último adiós, como un último aliento. Ya ni rastros quedaba de lo que fue un aliado sólido contra los jugos del cielo.

Con el segundo me topé cerca de la plaza Serrano, a plena luz del día. Yacía en un cantero, fracturado su cuerpo y su capa agujereada. Un perro había hecho sus necesidades sobre el mango negro. Era una imagen de muerte y desidia, y sentí mucha lástima. Lástima por el olvido, por el descaro, por la actitud del perro pero más que nada por la de su dueño que no limpió lo que su mascota hizo. No sólo no tuvo una sepultura como la gente, infortunado paraguas, sino que hasta lo cagaron. Lo dejaron en la vereda sucia, tirado como un paria, a merced de los líquidos o sólidos de los canes, del sol del mediodía, del viento huracanado y, lo peor de todo, de la indiferencia de los transeúntes. Me dio una pena infinita por los dos que vi, pero el nudo en el estómago se me formó cuando comencé a pensar en lo que sigue. Si en tan solo dos días y en un mismo barrio encontré dos víctimas, dos humildes paraguas sin vida, si multiplicaba este último número por los cuarenta y ocho barrios porteños, daría un total de noventa y seis cuerpos exánimes. ¡Sí, noventa y seis! Y eso sin contar el conurbano… Pero en el noticiero eso no te lo muestran, te hablan de política y de cómo se hizo rico este o aquel otro, u ocupan las señales esos culebrones en los que un millonario despiadado se enamora de su sirvienta, que siempre es una modelo, y que después de idas y venidas, y de alargar innecesariamente la trama para ganar más audiencia, terminan casándose y entonces el rico y la pobre se aman por siempre y el millonario encima se vuelve generoso. No señor, de los noventa y seis paraguas no habla nadie, ellos siguen abatidos en las calles y la gente, desagradecida la gente, les pasa por al lado y en el peor de los casos por arriba.

Son los paraguas más humildes los que perecen, porque esos otros, los de la gente bien, esos de madera y que producen como un trueno imponente cuando unos los abre, a esos no les pasa nada. Ellos son más robustos, mejor formados, con sus cuerpos de roble o algarrobo. Hasta paragüeros tienen en los hogares de sus dueños. A los otros, a los de baja estofa, cuando pasa la lluvia los tiran en un cuartucho húmedo, o los fondean detrás del lavarropas, al lado de las cucarachas. Y eso si tienen suerte, porque cuando no es así, yo lo vi y seguro que ustedes también, los abandonan en la calle y que se las arreglen como puedan, porque total no llueve más, porque les costó sólo diez pesos.

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