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Viajes de larga distancia

colectivo

Justamente conversábamos con mi amigo Pablo Arregui el pasado sábado por la noche, en un concurrido local nocturno, sobre los viajes en colectivo de larga distancia. Entre haces de luces psicodélicas y poderosas ondas sonoras, me confió que durante sus primeros meses de estudiante en Buenos Aires, viajaba con una frecuencia considerable a su ciudad natal, Mar del Plata.

Después de una dura o no tan dura semana de leer hasta el hartazgo libros atiborrados de números y fórmulas y cuentas, Pablo, para algunos «Niño de Cobre», para otros «Pampa», se acercaba hasta Retiro con un bolso lleno de ropa sucia, que su madre lavaría en destino, y compraba un pasaje que lo llevaría a La Feliz de su infancia y adolescencia, a la ciudad de las playas y del mar que tanto extrañaba de lunes a viernes.

Cuando llegaba la hora de pagar su pasaje, se acodaba sobre el mostrador y ostentaba una exagerada actitud amistosa frente a quien expendía su boleto. Después de esos segundos en los que él pensaba que su teatralización surtía el efecto deseado, soltaba, como al pasar pero con voz segura, un «dame un lugar junto a un DNI veintinueve millones, sexo femenino». El vendedor quizá lo mirase con lástima, simpatía, o tal vez ni siquiera lo mirase. Lo cierto es que por alguna razón —resentimiento o síndrome del «perro viejo» del vendedor; o por vueltas del azar— en la práctica terminaba viajando junto a un rocker mal aseado o a una vieja roncadora.

Yo también viví mi etapa de estudiante en la gran ciudad de los aires buenos, aunque nunca traté de ganarme la complicidad de ningún boletero. Sin embargo, al igual que Pablo y seguramente que miles de estudiantes del interior, siempre tenía la esperanza de que me tocase sentarme pegado a una barbi joven, simpática y complaciente, que quisiera conversar conmigo durante largas horas hasta que el momento del beso se tornase inevitable. Por supuesto que esto jamás pasaba y cuando el micro o tren arrancaba, me veía a mi mismo charlando con un viejo octogenario, quien con una voz temblorosa evocaba anécdotas de su lejanísima infancia hasta que yo marcaba mi total desinterés y a la vez desilusión con un exagerado bostezo.

Pasé los mejores años de mi juventud deseando, en vano, el sueño dorado de mi barbi viajera. Lo más cercano a ello aconteció en un vagón del Ferrocarril Roca, clase turista, en el que compartí asiento —si se puede llamar así a esa tabla durísima forrada con una cuerina apolillada— con una señorita que, si bien no se correspondía exactamente con la imagen de mi fantasía, se dejó besar a regañadientes. Bastante más despojado de los artificios y firuletes propios de mi delirio, sentí que parte de mi anhelo, después de aquel memorable viaje de tren fantasma, se había cumplido, al menos de una manera mediocre.

El tiempo pasó, terminé mis estudios y de a poco fui perdiendo ese sentimiento mezcla de entusiasmo, incertidumbre y de ilusión que nacía en algún lugar de mi pecho justo antes de embarcarme en algún vehículo de larga distancia. Maduré, dirían algunos, aunque yo me inclino a decir que mi capacidad de asombro se fue erosionando como las piedras de un río con el correr incesable de sus aguas. Pero para sorpresa mía, durante el día de ayer, en el instante previo a subirme al colectivo que me llevaría desde Mar del Plata a Bariloche, sentí que toda esa fantasía de estudiante entraba en erupción, como un volcán que aparentemente extinto, escupía furioso todos sus fuegos. Ello podría explicarse en la conversación que mantuvimos con Pablo recientemente, en la que refrescamos el tema, o quizá en el inútil afán de regresar los años atrás, como cuando uno compra esas zapatillas que usan los adolescentes, como si el hecho de calzarlas nos devolviese a esa etapa de nuestras vidas. Pero las causas de aquella revolución interna en mí no son relevantes, al menos para este relato. Lo que verdaderamente importa es que ahí estaba yo, recostado plácidamente en mi asiento, curioso por conocer, finalmente, a la barbi de mis sueños. Cinco, diez, quince minutos, y el asiento a mi lado siguió vacío. Al menos —me dije a modo de consuelo— no vino la vieja roncadora, ni un adicto a la música apocalíptica, ni, magra fortuna, el viejo octogenario. Con actitud de resignación apoyé, en el asiento de mi acompañante invisible, un poco de ropa y algunos libros. Al fin de cuentas, estos últimos son los únicos que me acompañaron incondicionalmente en mis viajes, si bien jamás quise besarlos.

Con un mullido ronroneo se puso en marcha el motor del colectivo, un ronroneo suave como el pelaje de un gato gordo, que produjo en mí, con la velocidad de un trueno, un efecto sedante. Desperté una hora después, en una esas paradas inesperadas en donde usualmente suben pasajeros. Mitad en sueños, mitad en vigilia, observé como una rubia esbelta, de larga cabellera y mirada sensual, emergía del piso inferior del colectivo, como si fuese una sirena recién nacida de las profundidades del océano. Un poco más despierto, admiré la forma en que caminaba hacia mí a través del pasillo, con la misma prestancia que exhalan las modelos cuando desfilan en las pasarelas. No había música, pero yo escuchaba melodías acordes al compás de su andar elegante, y veía como sus cabellos de oro volaban como una medusa soplada por un ventilador invisible. A medida que esa barbi, exactamente igual que la de mis sueños, iba dejando atrás filas de asientos, sentía una ilusión adolescente que me costaba disimular. Cuando finalmente se detuvo a mi lado supe que un sueño hermoso, que creía dormido para siempre, resurgía de las cenizas al igual que el Ave Fénix. Inmediatamente después de un ademán con el que confirmaba que ocuparía el lugar a mi lado, quité mis libros y cedí el paso a la misteriosa sirena. Entonces sentí el aire de mujer en mi olfato, un perfume de gloria, y sobre todas las cosas, la poderosa energía que impulsaba la apertura de los majestuosos portones de una gran noche. Era tal mi entusiasmo que tuve ganas de compartirlo con amigos, de decirles, «vieron que existía, la barbi viajera era verdad», y entonces los abrazaría a todos y les regalaría mi alegría. Pero no tenía a nadie al lado, el sueño era mío, mío solo; y la imagen de la historia narrada quedaría impresa en una mesa de café. O en estas hojas en blanco, que de a poco voy llenando con retazos de recuerdos frescos, de aromas vigentes, de sensaciones tan vivas que aún percibo, de palabras que todavía oigo. Y de ellas, las que más escucho, como si recién las hubiese dicho, no fueron las últimas, sino las primeras que articulé. Y, por supuesto, las más estúpidas:

—¿Estamos en Liniers? —pregunté.

—Estamos en Miramar —rectificó con una leve sorpresa.

No importaba. Sí importaba, ya que en realidad, los vocablos que había utilizado como punta de lanza dejaban en evidencia una total imbecilidad de mi parte, una vergonzosa desorientación, o —excusa a la que me aferré como un naufrago a un salvavidas— un estado de somnolencia latente. No fue tan grave, reaccioné a tiempo. Y además, viendo el lado positivo de las cosas, eso trajo aparejado que ella indagase mi origen, como buscando la verdadera razón de mi incoherente pregunta. Le contesté que de Mar del Plata, para no decirle que había nacido en Rosario y que a los diez años me mudé a mi supuesta ciudad natal y que desde hacía algún tiempo pasaba la mayor parte del año en Tierra del Fuego, en la ciudad más austral del país y del mundo, Ushuaia. Ya habría espacio para explicaciones de esa envergadura, en ese momento había que actuar, ser rápido, buscar respuestas precisas y que den pie para mantener intacto el hilo de la conversación, sin detenerse en detalles que obstaculizaran la magia que se iba gestando de a poco. No obstante, lo que menos hubo esa noche fueron barreras. Más bien todo lo contrario: todo se fue dando con la continuidad de una ininterrumpida carretera, recta y silenciosa, sin pozos ni lomadas ni desvíos, al igual que esa misma que de a poco nos alejaba de Buenos Aires y nos arrastraba dócilmente por una Pampa solitaria, muda y respetuosa.

Ella estaba de paseo por la costa pero hacía bastantes años residía en Bariloche, le gustaba la naturaleza, la montaña y practicar Snowboard, o, con sus propias palabras, «surfear», esa curiosa manera de rotular a este deporte invernal, con un nombre propio de un deporte del océano. Se ganaba la vida trabajando de camarera en un hotel elegante, y en sus ratos libres aprendía cerámica en una escuela. Algún día compraría un horno para cocer sus creaciones, aunque no estaba segura de ello, ya que sentía que el hecho de tenerlo la anclaría más al lugar. Ese miedo tan común que tienen, que tenemos más bien, aquellos que amamos viajar. Como si uno no pudiera vender un auto, un horno o una casa. En fin, con esta pequeña radiografía de su vida tenía la información necesaria para determinar por cuál flanco atacar. Y entonces dejé traslucir, con notables pero discretos adornos, mis dudosas dotes de artista, de bohemio, de escritor y de recientemente editor, así como también los de romántico incurable, de amante infatigable de la naturaleza, del montañismo, y del canto de los pájaros de primavera. Y le gustó. Y demoramos la conversación hasta que llegó el asistente de a bordo con unas bandejas grises con la cena. No comía carne y tocó pollo, entonces le ofrecí mi ensalada, la que si bien rechazó por un lado, por otro valoró mi actitud. Yo cortaba trozos más pequeños de los que normalmente llevaría a mi boca, y comía más lento de lo normal, respiraba más y usaba con más frecuencia la servilleta, ese trapo cuya existencia olvidamos entre amigos o cuando comemos en soledad. Evitaba tomar tragos de agua prolongados, más bien sorbía lento, cada tanto pasaba discretamente mi lengua sobre mis dientes, no sea cosa que algún orégano rebelde atentara contra la uniforme blancura de mis piezas dentarias. Mirándome desde lejos, desde el lugar de narrador y observador, diría que estaba esforzándome muchísimo —incluso tal vez por demás— con tal de congraciarme frente a ese ángel o sirena del camino, frente a esa barbi viajera que seguramente no sabía que de a poco cumplía el sueño de uno y a la vez de todos. Después de la cena vino el té y más tarde el champagne, cuando las luces estaban apagadas y proyectaban una película mala. Las imágenes iluminaban nuestros rostros y bocas declaradamente abiertas mientras reíamos y seguíamos con una charla que era un prólogo para aquello que soñaba en mi adultez inicial e inocente, en esos tiempos en los que vaticinaba a Nico Russo que sería millonario a los veintiocho.

Venía aguantando pero cuando no pude más, debí bajar al baño para desagotar mi hinchada vejiga. El agua, el té pero sobre todo las numerosas copas de champagne, habían complotado para cortar la magia, el ovillo de lana, la bola de nieve que pronto se convertiría en avalancha. De todas formas no estaba mal pasar por los boxes, siempre es bueno revisar que todos los instrumentos estén a punto. Me miré en el espejo y todo estaba en su lugar. Mi sonrisa estaba más pronunciada que nunca, la mirada bonachona pero a la vez seductora delataba el éxito de la velada y el festejo, por anticipado, del cumplimiento de un sueño anhelado por más de una década. Acomodé las mangas y el cuello de mi camisa, y con una dosis mínima de saliva di aires renovados a mi jopo y salí a las pistas de nuevo, pero ahora con más confianza que nunca. Cuando llegué a mi butaca ella estaba recostada, con el asiento reclinado hacia atrás, sus cabellos volcados desordenados sobre su cuello blanco y sobre sus senos, que ahora se veían como dos médanos grandes, más sensuales que antes. Quizá se había quitado algo de ropa en mi ausencia. Me senté sin titubear y con el pulso bien firme me dije que era hora de besarla, de morder esos labios finos que hacía horas me hablaban sólo a mí, que me incitaban a pellizcarlos de a poco, a presionarlos suavemente con mi boca resuelta. Hablamos un poco más pero la charla fue perdiendo fuerza como una flecha en la distancia: sabíamos, los dos lo sabíamos, que ya no había nada más que hablar. Era hora de actuar, y en ese momento, antes de acercar mi rostro hacia su rostro, de posar mis labios frente a los suyos como una mariposa tímida, sentí que si lo hacía, si realmente lo hacía, lo echaría todo a perder. No porque ella se negaría o escondería su cuello y su cabeza como una tortuga, o movería su testa hacia los lados como el gran Nicolino Locche. Sino porque aceptaría el beso, y con ello, acabaría con una historia que perseguimos durante mucho, con un sueño que fue mío pero que a la vez fue de todos. Yo no quise arrebatarle el sueño a nadie; una victoria personal no hubiese justificado sesgar esa hermosa ilusión que llevé conmigo, como un incondicional compañero, durante largos años, esa esperanza que fue el leitmotiv de los estudiantes del interior a la hora de someterse a los viajes de regreso a sus ciudades y provincias. Quizá, desde afuera, es fácil decir «yo en tu lugar la hubiese besado». Sin embargo, creo que un Pablo, un Ruy e incluso un Berni hubiesen hecho lo mismo. Tome valor y antes de hacer lo que hubiese hecho en cualquier otra circunstancia, le dije que estaba cansado, que me iba a dormir. Bese suavemente su mejilla, observé en sus ojos una actitud de sorpresa y a la vez de enojo, y luego giré mi cabeza, recliné mi asiento y me sumí en un pesado sueño.

Al día siguiente casi ni hablamos, tan sólo cruzamos alguna que otra palabra de compromiso durante el desayuno y durante el almuerzo. Las aguas del río Limay mostraban nuestra cercanía a la ciudad de Bariloche. Paulatinamente comenzaron a aparecer pequeñas casas, barrios, grandes mansiones a la vera del Nahuel Huapi. Apenas antes de llegar a la terminal nos pasamos nuestros mails. No había en sus ojos rastros de ira, al contrario, sentí en su mirada una empatía hacía mí, como si finalmente lo hubiese entendido todo. Quizá ella también, al igual que sus pares mujeres, haya tenido su quimera de viajes de larga distancia. Sabíamos que no nos llamaríamos, y quizá por eso nos dimos un abrazo sincero antes de despedirnos, mientras esperábamos que nos alcancen los bolsos de la bodega del micro. Ella se alejó entre el gentío y la vi parar otro colectivo, esta vez urbano, mientras su melena flameaba como una bandera entre el viento y la nieve. A mí me esperaba mi amigo de la infancia Ruy, quien estaba de visita en la ciudad hacía unos días. El reencuentro nos alegró. Mientras el auto avanzaba por la avenida Bustillo en dirección a su casa, me preguntó cómo había sido el viaje. Mejor que un sueño, le contesté mientras lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja.

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