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La luz (cuento corto escrito una lluviosa tarde berlinesa)

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El despegue acontece con la normalidad de todos los despegues. El avión avanza un poco a paso lento y, cuando llega al lugar deseado, arranca con todo y uno siente como un empujoncito hacia atrás, a la altura del pecho, que lo pega a uno al respaldo del asiento. En pocos segundos estamos en un plano diagonal, la trompa de la máquina apuntando hacia el cielo.

Estoy algo nervioso, por qué no decirlo. No le tengo miedo a volar, simplemente es que es la primera vez que voy a cruzar un océano, al menos por el aire. Nervios de primerizo, como una joven en su noche de bodas. Cuando hice el web check in elegí la ventanilla para poder mirar hacia afuera. Antes no se hacía web check in, a lo sumo pedirías ventanilla en el mostrador al señor Aerolíneas Argentinas, al señor Alitalia o, en mi caso, a don Lufhtansa. O a Herr Lufthansa, mejor dicho. Antes tampoco viajaba, así que toco de oído.

El paisaje, por ahora, es solo un ala. Un ala grande y alargada que tiene otras alas, unas alitas, que después se esconden o mejor dicho se pliegan al ala nodriza, seguramente cuando el capitán, el comandante (no es un barco), toca un botón. Hablando del comandante, ya se presentó, primero en alemán y después en inglés. El copiloto habla un español bastante alemán, pero le pone garra. Es que hay muchos argentinos a bordo, casi todos diría yo. Como mis compañeros, que no los conozco y ni siquiera nos saludamos. El de al lado, o sea el del medio (la fila tiene tres asientos), es un chico joven que quiere sentarse con su amigo que está más atrás, pero que les tocó asientos separados (seguramente no hicieron el web check in). Piden a la gente de cambiar, pero ni el uno ni el otro (el de mi fila), acceden. No pude evitar mirar que tiene los dos brazos tatuados, en su totalidad. Al lado del tatuado hay un señor de unos cincuenta años, canoso, que parece un buen hombre. El tatuado también, pero más pibe que hombre. Igual ni hablamos, y para pasar el tiempo primero miro una película de tiros y después leo un libro de viajes y también escribo del viaje que se está gestando con este vuelo. La cena me la sirve una azafata china que habla la lengua de Goethe, y yo, haciendo gala de mi alemán aderezado con tonos gauchescos, le pido las bebidas, el menú y el café, todo en su idioma. Quizá por eso no me hablen mis compañeros, porque piensan que soy alemán. Aunque no lo parezca (tampoco es que todos los alemanes son rubios de ojos azules, che), pero ellos no lo saben, porque no pronuncié ni una palabra en castellano. Pero no me quiero ir por las ramas, lo que quiero contar pasa después de todo esto, del despegue, del tatuado que no le cambian el asiento, de la china que me habla en alemán y después de haber leído y escrito generosamente en mi cuaderno Rivadavia de noventa y ocho hojas rayado. Pasa a la hora de dormir. O de querer dormir, porque justamente a eso voy, a que ya son las doce y no me puedo dormir. El tatuado no ronca, pero está desmayado. El canoso mira la tele, indiferente. El avión está en penumbras. Hay pocos que mantienen la luz encendida, quizá porque estén leyendo (o escribiendo), o jugando con sus tablets. O porque no pueden apagarla, como yo. La fila tiene cuatro apoyabrazos, hay tres personas y tres asientos —se viene la pregunta de matemáticas, no, chiste—; si cada persona tiene dos brazos (qué, te puede tocar un manco también), necesariamente alguno se queda con dos apoyabrazos, cierto? Sí, es cierto, pero yo me quedé con uno solo, el de la ventanilla, seguro el canoso se agarró el que sobraba, para mostrar que se lo merece por ser el mayor, o a lo mejor el tatuado, para mostrar su rebeldía. Pero eso no importa. Lo que importa es que cada apoyabrazos tiene varios botones, para bajar o subir el volumen de la tele, para llamar a la azafata y para apagar la luz. Pero cuando apreto este último, en vez de apagarse mi luz, se enciende la del tatuado. Son tres luces, las de los extremos, la del canoso y la del mío, direccionadas en diagonal; y la del tatuado, perpendicular al piso del avión. Cuando presiono la de mi apoyabrazos, la luz del tatuado guiña. La apago rápido, no vaya ser cosa que lo despierte y se enoje. Ya de antemano sé que es un rebelde, lo demostró cuando se quedó con el apoyabrazos que sobraba. Se va a enojar, seguro que se enoja. Por eso la apago rapidísimo después de que pruebo de nuevo. Lo presiono más fuerte y lo dejo apretado, porque a veces los botones son así, son hijos del rigor (no necesariamente mortis). Con rigor o sin rigor la luz no se apaga, y cuando vuelvo a probar se me antoja pensar que al tatuado le molesta, porque le veo como un gesto de disgusto, de esos que uno hace cuando está dormido y le encienden la luz de la pieza, por ejemplo. O cuando te despiertan en invierno para ir a la escuela.
Tengo pocas opciones, está claro que mi botón no anda:

a) Llamo a la azafata
b) Me duermo con la luz encendida
c) Me voy al fondo y me tiro cerca del baño, aunque esta última la elimino en el acto.

La opción A la descarto, al menos prima faccie, ya que no veo a ninguna azafata en zona. Y no quiero quedar como el gil que no sabe manejar el botón de la luz (porque seguro si la llamo lo apreta y se apaga sin problemas, y después soy el hazmerreír del avión); eso por un lado, y por el otro las azafatas o duermen o están comiendo unos chucruts con Sauerkraut todas juntas. No, no puedo molestarlas, bajo ningún concepto. Tomo la penosa decisión de elegir la opción B, otra no me queda. Así que me doy vuelta y miro a la ventanilla que ya está cerrada. Pero la luz refleja en el blanco de la pared del avión, y me da la claridad justo en los ojos, aunque los tenga cerrados. Al final esos antifaces inútiles sirven para algo… Pero no los tengo, de modo que vuelvo a cerrar los ojos, pero me pasa lo mismo. Además siento el haz de luz poderoso, carcomiéndome la nuca. La noche entera así no la aguanto, seguro despierto sin vida y los forenses determinan que la causa de mi deceso (no dicen muerte generalmente), es haber sido atravesado por un haz de luz. Como con el lightsaber de Luke Skywalker. No, no voy a morir así, aparte Luke es bueno, un Caballero Jedi no es así, a lo sumo por el de Darth Vader, que es rojo y malo. Pero tampoco. Me digo que tiene que haber una solución, vuelvo a presionar el botón y la luz del medio ilumina las llamaradas tatuadas en los brazos de mi acompañante. Me mata, se viene el derechazo o el jab. La apago rápido. Giro hacia la ventanilla pero la luz está ahí, como un pájaro carpintero de la claridad, mordisqueándome la parte posterior de mi cuello. ¿Y si la luz se apaga desde el apoyabrazos del tatuado? No, no es lógico. No, no puede ser, y menos en un avión alemán, si fuese de Aerolíneas, o a lo sumo de Alitalia o Iberia sí, porque los tanos y los gallegos se parecen más a nosotros. No, en un avión alemán eso no es así, ni loco. ¡Das geht nicht! Y no pruebo, y aunque me quedo con las ganas vuelvo a probar con la de mi apoyabrazos. Ahora intento un código, dos apretadas fuertes y una cortita. Como una combinación de caja fuerte, o un código morse. Un morse de la luz. Pero la luz no se va, y yo creo que la próxima el tatuado abre los ojos como un dos de oro y me duerme con un gancho. Bueno, al menos me dormiría (acá surge la opción D). Como un manotazo de ahogado lo miro al canoso, que sigue mirando la tele. Pero no me da bola, quizá piense: qué se joda ese alemán, ni saludó. Pero si soy argentino, como vos, y no se apaga la luz. Pero eso no pasa, y la luz sigue encendida. Ya está, ojeroso y rendido me doy vuelta, me resigno a pasar la peor noche de mi vida, humillado por la tecnología o por la ignorancia. Pero antes de levantar la bandera blanca, me digo que tengo que hacer un intento más. No puedo quedarme de brazos cruzados. Entonces me incorporo con gran decisión, miro fijo a mi apoyabrazos y enseguida miro al del tatuado. Con el dedo índice de la mano derecha le apunto al botón de este último y de un golpe seco lo presiono. Entonces recién ahí la luz se apaga.

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