Article
0 comment

La ruta de los pozos y el uso de los GPS

ruta-50-2

El trayecto de salida de Buenos Aires se vio entorpecido, previsiblemente, por la abundancia de autos entrando y saliendo de la ciudad. El parque automotor de la cuna del tango es cada vez más extenso, lo cual es, a su vez, preocupante: a medida que este crece, las autopistas no hacen más que preservar su tamaño.

Es algo así como vivir en un mono ambiente con una mujer y un hijo, y al cabo de unos años tener dos hijos más, pero permanecer en el mismo inmueble. Como es de esperar, la circulación dentro de la pequeña vivienda será más trabada y, por ende, más lenta.

Pero basta de hablar de espacios y de asfixia en las grandes urbes, de eso ya existen numerosos ensayos. Además, este texto es sobre un viaje, o sobre un momento específico de un viaje, y como debería dictar la esencia de su género, lo que aquí importa es avanzar.

Cuando dejamos atrás la ciudad, la ruta siete nos ofreció un nuevo obstáculo en forma de grandes ruedas y monstruosos acoplados; una profusión, pocas veces vista, de camiones de carga. A pesar del tráfico pesado, nuestro conductor estrella, Lucho (el único en condiciones legales de conducir entre los que viajábamos en el auto) se las rebuscaba para pasar a los camiones con bastante seguridad. Por mi parte, traté de dar apoyo desde mi lugar, alargando las rondas de mate todo lo posible, demorando el inevitable y a la vez indeseable momento en el que los palos de la yerba sueltan amarras y comienzan a navegar como barcos a la deriva.

Como augura el título que antecede a estas líneas, hablaré aquí de los llamados GPS (global positioning system –sistema de posicionamiento global). Es una certeza que estos aparatos han sabido desbaratar la idea romántica de los viajes de antaño, con mapas físicos desplegados sobre una mesa, con planes y discusiones de posibles rutas, con cruces y tachaduras, anotaciones, estimaciones de tiempos y libretas. Hoy por hoy, con todo lo bueno y con todo lo malo que eso supone, uno se puede sentar en su coche apenas unos minutos antes de emprender un viaje, tomar el GPS, ingresar una dirección en el destino final y voilà; solo resta dejarse llevar, casi en un estado de hipnosis, por esa línea que se va dibujando en la pantalla del aparato. ¿Suena fácil no? Eso sí, no vayan a pedirle a su amigo electrónico de tres letras que les diga, que les advierta, que han equivocado el camino y que conviene volver atrás, porque eso no sucederá. Sin demorarse el GPS recalculará la ruta, buscando la menor distancia hacia el punto de destino. Mientras tanto, ya que esto sucede con la velocidad de un pestañeo, el conductor seguirá atontado la línea de color que avanza en la pantalla.

Si, en cambio, el GPS pudiese emular a la mente humana, jamás habría pasado que al abandonar la ruta siete, por error por supuesto, a la altura de Junín, y al tomar otra arteria hasta la localidad de Lincoln, hubiésemos elegido, para regresar a la ruta siete, tal como lo ordenó el rey GPS, la ruta provincial cincuenta.

De haber sabido la realidad del estado de la ruta en cuestión, como se verá a continuación, hubiera convenido volver sobre nuestros pasos.

Lo cierto es que ahí estábamos, ingresando a una ignota ruta de provincia, sin luces y silenciosa, intentando retomar el camino hacia Mendoza. Solo faltaban cuarenta kilómetros para la ruta siete. Inocentemente pensamos que ese trayecto nos llevaría solo un rato. Sin embargo, y de esto el GPS ni una pista nos dio, la ruta se parecía más a un campo minado que a una arteria de comunicación vehicular. De manera generosa, una señal de tránsito indicaba una velocidad máxima de sesenta kilómetros por hora. Ni Fangio en sus años dorados se hubiese atrevido a conducir a esa velocidad, no en la ruta provincial cincuenta. Decir que el camino era una sucesión de pozos es minimizar demasiado las cosas. Era más bien como un pozo único, eterno, oscuro, una especie de ruta-abismo, un cráter de volcán sin par en el planeta, lineal y con forma de ruta.

Lucho volanteaba y el auto iba de un lado a otro, como un esquiador descendiendo una montaña haciendo slalom, como una embarcación navegando, a vela, bordejeando para poder avanzar con el viento en contra. Así y todo, por momentos no había forma de evitar morder los pozos con algún neumático. Era algo análogo a tratar de esquivar a Escila y a Caribdis. En el peor de los casos, el auto se desplomaba entero en las profundidades. Cuando esto último acontecía, el conductor dejaba escapar de su boca, con toda la diplomacia que le permitía el caso, alguna maldición alusiva.

Nos pareció curioso encontrarnos con otros automovilistas transitando la misma ruta, aunque casi todos viajando en el sentido contrario al que viajábamos nosotros. Otros despistados quizá, gente de la zona buscando llegar a algún campo aledaño, masoquistas declarados, vaya uno a saber. Como copiloto asignado, me declaré en huelga indefinida, dadas las condiciones adversas del camino, y decidí no preparar más mates. Ni el más avezado de los cebadores se hubiese animado a tanto. Eso sí, me ocupé de seleccionar un repertorio musical que calmara la ansiedad de todos nosotros, que cada vez era más. Se me ocurrió que el jazz permitiría disfrutar, o simular cierto disfrute al menos, en ese camino de la muerte. Después de no mucho menos de una hora llegamos a destino. Un tanto extenuados, otro tanto molestos por la innecesaria pérdida de tiempo, nos sentamos a reponernos con una cena frugal en una estación de servicio de la zona. No sin cierto dejo de catarsis, le confesé de nuestro desvío a un empleado del lugar. Me consoló un poco cuando me contó que no éramos los primeros, que nuestra equivocación era algo recurrente. Entonces me di cuenta de que el error no fue confundirse de ruta. Eso fue más bien algo anecdótico. La esencia de nuestra falla, y de la de muchos otros, era la de olvidarse de los mapas y entregarse, ciegamente, a los designios de un GPS. El error, grotesco si se quiere, había sido confiar el derrotero de un viaje a una serie de algoritmos, a una base de datos repleta de nombres de ciudades, calles e intersecciones, de recalculaciones basadas en meras distancias; abandonarse a la comodidad de un par de botones y hacer a un lado la capacidad de discernir entre las diferentes opciones; dejarse arrastrar por el muchas veces inexacto piloto automático.

A medida que la tecnología de los sistemas de posicionamiento satelitales avance, los mapas impresos en papel se convertirán en una rara avis, y pasarán a ser objetos de culto y de colección.

 

 

Leave a Reply

Required fields are marked *.