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La sociedad de destructores de objetos de París

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Hace unos días paseaba por los campos de Marte y por la Torre Eiffel, lugares que van de la mano y que son casi inevitables en cualquier visita a París. No pensaba subir a esa distintiva mole de hierro, a esa a torre que quizá sea la más fotografiada del mundo. De ninguna manera la desdeño, al contrario, pero ya había subido una vez hacía dos años, y además no tenía ganas de esperar por horas nadando en un mar de gente hambrienta de turismo.

En cambio, me dediqué a observar con detenimiento la estructura, y brevemente pensé en todo el trabajo —intelectual y físico— que debe haber demandado la construcción de la torre. Luego de unos minutos me dispuse a abandonar el lugar, pero cuando comenzaba a caminar me detuve ante un cartel que llamó mi atención «Objeto abandonado será destruido».

La frase en sí no es fue lo que más despertó mi curiosidad, sino los ejemplos de objetos que ilustraban el cartel: una moto, una bicicleta y, lo más gracioso, un cochecito de bebé. Casi instantáneamente mi imaginación comenzó a volar y, al mismo tiempo en que mi rostro se dibujaba una sonrisa, vino a mi mente la siguiente situación: una mujer, con una criatura en brazos, regañando a su marido a los gritos, en el lobby de un hotel parisino, por haberse olvidado el cochecito del bebé durante su reciente visita a la torre Eiffel.

Pero esto fue solo el principio. Mi sonrisa se acentuó más, hasta el punto de la risa, cuando mis quimeras tomaron dimensiones más exageradas, llevando el absurdo a un nivel más superior. Y esto a raíz de las siguientes preguntas, muy genuinas y justificables por cierto:

1 – ¿Qué padre o madre puede ser tan distraído como para olvidar el cochecito de su bebé? Desde mi punto de vista, creo que eso sería tan raro como olvidar al bebé mismo.

2 – ¿Quién se encarga de destruir los objetos olvidados?

Es probable que en algún momento de la historia turística de París, viendo la millonada de objetos olvidados, las autoridades encargaron a una mente despiadada el diseño y la construcción de una prensa gigante, un monstruo compuesto de engranajes y rodamientos destinado a reducir a pedacitos cualquier vestigio de olvido de los distraidos turistas, desde una clásica motocicleta Triumph hasta un inocente cochecito de bebé. O en vez de la máquina, quizá exista un horno, parecido a los de los crematorios, concebido con el mismo fin destructivo, pero con recursos más ígneos que mecánicos, claro está.

Pero quizá ni la máquina ni el horno sean reales, y en cambio haya un grupo de personas destinadas a cumplir con la difícil misión, la de eliminar cualquier rastro de la desmemoria propia de quienes andan de vacaciones. Este selecto grupo de elite, se aglutina bajo el rótulo de «La sociedad de destructores de objetos de París».

La vida de los miembros que la integran es similar a la que mantienen otras personas cuyas profesiones requieren del anonimato como condición sine qua non. Por lo tanto, quienes conforman la sociedad, comparten características parecidas a los de un espía o a las de un asesino a sueldo:

1 – Les está vedado revelar su verdadera identidad

2 – Requieren de un adiestramiento muy específico, durante el cual se les enseña a no tener remordimiento

3 – Son remunerados extremadamente bien

4 – En caso de que sean descubiertos, el gobierno negará cualquier posible vínculo con ellos

Físicamente, la Sociedad tiene su sede en algún suburbio de la capital francesa, se me antoja Nogent-sur-Marne, pero podría ser otro. Es una casa que por fuera no dice mucho, y que hasta parecería abandonada. Su fachada está poblada por enredaderas desprolijas. La casa oculta su verdadero objetivo bajo la solapa de una actividad falsa, quizá taller mecánico o empresa de mudanzas. Quienes viven en la residencia están disponibles los siete días de la semana, los trescientos sesenta y cinco días del año: en la ciudad más visitada del mundo, los objetos olvidados llegan a raudales, durante las cuatro estaciones del año. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, alquien tiene que destruirlos.

Una vez al día llega una camioneta cargada de todo tipo de objetos que los turistas, sin querer o adrede, olvidan. Hago esta distinción frente a la naturaleza de los olvidos, ya que circula la historia de un hombre de Villa Giardino, Córdoba, posiblemente habiendo escuchado de la Sociedad, dejó «olvidada» a su mujer en París, con quien estaba casado hacía 43 años. No tuvo tanta suerte: se la devolvieron, enterita, horas después. Esto generó una total indigación tanto en el marido (que no logró su cometido) como en la mujer, que descubrió el terrible ardid de su compañero.

Dejando a un lado historias secundarias, hay que decir que los que se ocupan de destruir los objetos, lo hacen de una manera manual, con herramientas sencillas y, hasta si se quiere, vulgares. Nada de elementos de precisión quirúrgica. Por tradición más que por falta de medios, los agentes de la Sociedad se valen de bates de beísbol, barretas, cañerías oxidadas, gasolina y fósforos y hasta de motosierras. Esta última se utiliza solo en casos difíciles: solo lo que no se puede desmembrar o reducir a fuerza de garrotazos, fogatas o, incluso, puntapiés, se descuartiza con el filo y la potencia de la motosierra.

Por lo general, los que forman parte de este ignoto escuadrón, son personas de un kilaje generoso, que disfrutan del sedentarismo y del buen comer. No es una sorpresa, por este motivo, que casi todos sean cocineros de fuste.

Por último, se sabe que el bautismo de fuego de cualquier agente es acabar con un inofensivo cochecito de bebé (si es de color blanco peor), y que hasta el más duro de quienes integran la nómina de la Sociedad ha derramado alguna lágrima durante este ritual iniciático. Pero así es el trabajo, y por eso se paga lo que se paga.

Ya sean los insensibles miembros de la Sociedad o las máquinas de las que hablé antes, nadie discute que alguien (o algo) destruye todo aquello que uno olvida en las faldas de la torre Eiffel. Si me preguntan cuál de las opciones existe en la realidad, honestamente no lo sé. Aún así, me inclino por la primera posibilidad, por la de la Sociedad, la más romántica o, al menos, la más humana. Quizá sea la más inverosímil, pero al fin de cuentas, lo que nace de los razonamientos más estúpidos y más infundados (al menos en lo que a mí concierne), es lo que le da una sustancia más duradera a la imagen que uno tiene del recuerdo de los viajes. Así lo veo y así lo vivo yo, y sinceramente me costaría ser imparcial al hablar de cómo lo ven los otros.

 

 

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